LA ISLA DE LOS ENAMORADOS, LEYENDA MEDIEVAL


Esta leyenda es conocida en todo el contorno de Minglanilla, y la sitúan en el llamado "Castillo de las Cabras Monteses".
 
En el término del citado pueblo, encima del mismo río Gabriel, limitando con Valencia, existió un castillo cristiano que llevaba este nombre, debido a las muchas cabras que habitaban en aquellos escabrosos contornos. Hoy quedan solamente unas pocas ruinas y una a modo de claraboya con fuerte reja, que debió pertenecer a los subterráneos del Castillo.
 
Durante las treguas de la Reconquista, muchas veces, los musulmanes de Requena iban a cazar a las tierras de la comarca del Castillo de las cabras monteses y viceversa. En intervalos de paz, caballeros cristianos y caballeros musulmanes alternaban en cacerías y fiestas de toros.

En el centro del patio del Castillo cristiano existía un pino gigante que les servía como atalaya para vigilar a los moros. No se fiaban mucho de lo que pudiera suceder y a pesar de las aparentes amistades, unos y otros estaban siempre prevenidos y acechando por si sus contrarios preparaban alguna sorpresa. Cierto día, al amanecer, el vigía vio un grupo de moros armados que se acercaban, y sin más ni más —porque cuando los divisó estaban ya muy cerca—, creyendo que no le daría tiempo a
avisar al jefe de la guarnición cristiana que mandaba la fortaleza, disparó contra el grupo que, a galope tendido, corría hacia el Castillo. Al ruido del disparo acudieran todos y enterados de lo que sucedía salieron armados, los cristianos del Castillo y en son de batalla, hacia donde el vigilante les indicó.


Cuando los cristianos se acercaron, las disculpas fueron completas por parte de los moros.


—Veníamos a cazar cabras monteses —dijeron.

—Pero de sobra sabéis, que si es cierto cuanto decís, debisteis avisar y no presentaros de pronto en una fortaleza, sin más ni más...

—No creíamos que tan reducido grupo iba a infundir sospechas. De haber pretendido atacaras o tomar vuestro Castillo, hubiéramos traído más fuerzas.

—Pues ya veis cómo hemos respondido a vuestra "imprudencia"... si es que no era más que eso.

—¿Hay algún herido? —preguntó el Jefe.

—Si. Uno de los principales caballeros del Emirato. Aquí lo traen. Es Ben Abdul.

El herido, a su pesar, se quejaba débilmente, aunque bien se veía que hacia esfuerzos por contenerse.

—Lo siento —dijo el Capitán de los cristianos—. ¿Es de gravedad?

—No lo sabemos. No traíamos Médico. Como veníamos solamente a cazar cabras monteses... No esperábamos una agresión.

—Vuestra imprudencia os la ha causado. No se entra así, armados, en un castillo cristiano.

—Ya lo tendremos bien en cuenta —dijo el jefe moro.
—Nuestro médico reconocerá al herido. —Es preciso llevarlo al Castillo —opinó el galeno—. En el rápido reconocimiento que he hecho, creo que el caballero tiene una pierna rota y quizá tenga algunas lesiones más.

—Podemos llevarlo a Requena, aunque sea con parihuelas...

—No es prudente. Debe estar inmóvil si tiene alguna fractura, al menos cuarenta días, para que el hueso pueda anudar.

Efectivamente: Reconocido con todo rigor, el médico no se habla equivocado: tenía fracturada una pierna y otras lesiones de menor importancia. Por lo tanto, deberla permanecer en quietud los cuarenta días prescritos. La inflamación que ya había empezado aumentó extraordinariamente. El médico hizo la cura tanto de la fractura como de las demás lesiones y ordenó no moverlo del castillo.

—Podéis marchar todos —dijo el Capitán cristiano—, excepto si alguien quiere quedarse para atender al herido de modo especial. Aunque aqui nada ha de faltarle.

—Que se quede mi criado Azuna —dijo Ben Abdul. Se destacó al momento un altísimo y fornido moro, que se puso a su lado, y haciéndole una reverenda, dijo:

—Gracias, señor. Alá te guarde...!

—Podéis marchar los restantes. Vuestro señor no corre ningún peligro.

Con toda meticulosidad, el médico del Castillo atendía y curaba diariamente al herido Ben Abdul, y pronto se inició una franca mejoría. Varias visitas le hicieron sus deudos y amigos, siendo recibícortésmente por los del Castillo. Pero ocurrió que, habiéndose roto las relaciones amistosas entre moros y cristianos en varios sitios del contorno y temienalguna agresión agarena, los cristianos colocaron entonces al enfermo en sitio de mayor seguridad, despidiendo y dejando libre criado.


Lo llevaron al subterráneo del Castillo, cuya ventana redonda protegida por gruesos barrotes, daba a un precipicio, sobre el río Cabriel.

—Si algo intentaran los moros —dijo el Capitán cristiano—, Ben Abdul nos serviría de rehén. Por lo demás, al herido no le faltó ninguna atención ni, cuidado. Se le trataba como a huésped distinguido, solamente que privado de libertad. Aunque todavía no podía moverse, comprendió que estaba prisionero. A partir de entonces, ya no le permitieron visitas de ninguna clase.

Ben Abdul estaba prometido a la hija del Emir. Valerosa y decidida, amaba a su novio con verdadera pasión, que era correspondida por el caballero moro. Ella, desde el primer momento, siguió con el corazón palpitante de emoción, todas las incidencias de la accidentada "cacería". Como las cosas se fueron empeorando, por haber estallado reyertas en varios puntos fronterizos, próximos al "Castillo de las Cabras Monteses", y sabiendo par noticias reservadas que la estancia de su novio se habla convertido, de hospedaje amigo, en prisión, la valerosa Zaida, tan joven y bonita como decidida y audaz, decidió libertar a su amado Ben Abdul.


—Leila —dijo un día a su doncella y confidente—. He pensado libertar a mi prometido.

—¿Y cómo has de hacerlo, señora?

—Ya lo tengo pensado y estudiado. Por las confidencias recibidas y que merecen entero crédito, la prisión —llamémosla así— de Ben Abdul, tiene una claraboya o ventana —aunque a gran altura— sobre el precipicio que da al Cabriel.

—¿,Y no has oído que además de la gran altura, en paredes escabrosas, esa claraboya está protegida por gruesos barrotes?

—Cierto; pero los barrotes, por gruesos que sean, podrán cortarse o limarse...

—Además del difícil acceso, se haría ruido y los del Castillo se darían perfecta cuenta.

—No lo creas, Leila. El mismo rumor de las aguas del Gabriel, facilitará la empresa. Y en canto a verse...

—Empeoraríamos la situación de Ben Abdul,

—Peor que estar prisionero, no sé que puede haber. Tampoco sabemos que va a pasarle...


—Llevarle a otro sitio donde no puedas comunicarte con él.

—Me acabas de dar una gran idea: Hay que apresurar los preparativos del salvamento, no sea que lo cambien a otro lugar de más seguridad, donde perderíamos las esperanzas... Si. Es preciso obrar rápidamente.

—Tal vez tengas razón, señora.

—Oye mis instrucciones y cúmplelas al pie de la letra. Necesito a tu novio Azuna. Hay empresas que solamente el amor puede darles cima. Muy alto hay que llegar para salvar a Ben Abdul; pero mi amor sabrá encontrar alas suficientes para subir hasta la claraboya...

La hermosa Zaida sonreía gozando por anticipado de esta arriesgada y amorosa empresa. Llena de peligros, sí; pero también de bellas posibilidades y sonrientes perspectivas. ¡Subir, hasta los cimientos del "Castillo de las Cabras Monteses", para liberar a su amado Ben Abdul...!

Varios planes trazó la amorosa Zaida para libertar a Ben Abdul. Una especie de consejo formaron los tres secretamente: Zaida, Leila y su novio Azuna. Era éste el criado fiel del prisionero y conocía muchas cosas del Castillo.


—Déjame, señora, que pruebe antes otro plan menos arriesgado y más fácil que el vuestro de limar los barrotes de su prisión. La reja es muy gruesa y llevaría mucho tiempo. En cambio mi plan...

—Dilo, Azuna...

—Sencillamente es éste: Yo me vestiré de cristiano y alternaré en Requena y Minglanilla o donde sea, con alguien relacionado con el Castillo. Precisamente tengo un pariente que, hablando del Castillo, me dijo que uno de los servidores, aficionado a la bebida y poco escrupuloso, por dinero, me dijo textualmente: "Ese sería capaz de vender por oro, su alma al diablo."

—Sigue, Azuna, que encuentro interesante tu idea —dijo Zaida.


—Pues verás, señora: Yo marcharé inmediatamente a Minglanilla y visitaré a mi pariente y él nos pondrá en relación con ese criado. Lo demás, corre de mi cuenta.

—Por dinero no lo dejes, ¡Ojalá que ese criado sea tan codicioso como dicen!

Pocos días después se decidió llevar a efecto el plan de Azuna.


Fue una bella noche de primavera, clara y tibia. Como eran muy grandes los peligros del descenso, para que el preso pudiera ver dónde ponía el pie sano, prefirieron que fuera cuando pudiera alumbrarles la Luna. Azuna consiguió que el servidor al que aludía su pariente, acudiera a una entrevista secreta. Allí quedó todo ultimado.

—Recibirás la mitad del oro ahora mismo y la otra mitad al finalizar la empresa.

—¿Y si no cumples la promesa...?

—Si a desconfiar vamos, ¿y si no la cumples tú?

—Yo cumpliré fielmente lo pactado: proporcionar al preso una buena maroma, ayudarle y sujetarlo fuertemente; abrirle la reja y sostenerle con precaución la soga, para que apoyándose en la pierna buena, pueda ir bajando por el acantilado. Esas son las cosas que yo haré y a las que me obligo.

—Ya me las arreglaré para hacer que esa noche me confíen la guarda del preso. No puede ser otra que la señalada, porque le toca a un amigo con el que, aunque sea, partiré con él lo ue me déis.

—¿Te parece poco?

—Poco para el riesgo que voy a correr y lo que dentro Castillo tendré que gastar. Fíjate que, de fallarme algo, me va la vida,

—Pero si sales bien, tienes para vivir como un potentado el resto de tu existencia.

—¿Hora exacta...?

—La una en punto de la madrugada. Esperaréis disimuladamente debajo de la claraboya. Y cuando oigáis el canto de un pájaro dos veces seguidas, estad preparados, porque en ese momento se abrirá la reja y empezaré a soltar la cuerda.

—Todo se hará como indicas.

—El canto es así... Por dos veces silbó de tal forma, que se necesitaba una gran fineza de oído, para distinguirlo del canto real de un ave nocturna.

—La soga será de gran seguridad.

—Total y absoluta. Vosotros exponéis solamente el dinero

—y sólo la mitad—. Yo, la vida.

Seis moros esperaban agazapados y debidamente preparados con unas parihuelas para conducir con toda precaución al herido.

—¿Estáis preparados? —Dijo una voz de mujer, que no era otra que Zaida.

—Todo está listo. A mano, tememos alimentos y bebidas reconfortantes para el convaleciente.

—La mejor medicina para Ben Abdul, será ver a Zaida. ¡Pocas mujeres se habrían arriesgado a tomar parte en esta empresa!

—Yo desprecio todos los riesgos a cuenta de ver cuanto antes libre a Ben Abdul...

—¡Silencio!, —dijo Azuna. Que la hora se acerca. Esta pequeña conversación, que fue casi un susurro, de ningún modo podía ser oída, por estar contrarrestada con el rumor del río. Esperaron en una pequeña oquedad, debajo mismo de donde estaba la claraboya, conteniendo hasta la respiración. Poco tiempo llevaban en espera, cuando se dejó oír por dos veces en la cima del acantilado el canto del ave nocturna.

La orilla del río donde pudieron hacer pie era tan estrecha que no permitía estar dos juntos, sino en fila. Por fin vieron descender lentamente, un bulto. Algunas piedrecillas menudas se desprendieron desde lo alto, que fue corno un aviso.

—Retiraos un poco, na caiga una piedra mayor y mate, a alguno —dijo el prudente y previsor Azuna. Así se hizo.

Los minutos parecían horas. Todos anhelantes, con el corazón palpitante de ansiedad, esperaban la lenta bajada. Ya llevaban más de la mitad del descenso sin que afortunadamente ocurriera ninguna novedad. Pasaron unos minutos más, entre el silencio angustioso que es de suponer. Faltaban ya tan sólo unas pocos metros, cuando una corneta cristiana tocó a rebato...

—¡Nos han descubierto...! —dijeron aterrados los moros. La cuerda, con su preciosa carga, seguía descendiendo, cuando de pronto, tras una refriega, cuyo fragor se oía abajo, la soga fue cortada. Ben Abdul cayó en el agua, que le sirvió de mullido lecho.

Un grito de terror se escapó de todas las gargantas. El agua del río saltó salpicándolos a todos.

—Ben Abdul, Ben Abdul... ¡Corremos a salvarte! Casi a la vez, tres moros fornidos y hábiles se tiraron al río, un poco más abajo de donde habla caído...

—Esperad, Zaida, que volveremos por vosotros...

—¡Ya es nuestro, ya es nuestro...! —gritaron alborozadamente los moros.

Entre los tres sostenían a Ben Abdul, nadando desesperadamente, logrando subirlo a la barca que tenían preparada.

Zaida y Leila contemplaban emocionadas las maniobras de los nadadores. Con una mano sostenían a Abdul y nadaban con un solo brazo.

—Menos mal —comentaron— que es profundo el río por este paraje y que la orilla es estrecha. De no haber sido así, se habría matado al caer. Gracias a que el río le ha servido de alfombra.

—¡Alá os guarde y os colme de bienes! —dijo emocionado Ben Abdul.

—Si supieras la sorpresa que te aguarda, estarías aún más gozoso —dijo Azuna—. ¿Sabes quién ha dirigido el salvamento?

—Supongo que habrás sido tú, Azuna.

—Pues te equivocas. La idea da salvarte partió de Zaida, cuyos amorosos brazos te esperan.

Cerca del sitio donde ocurrían estos sucesos, hace el rio Gabriel un recodo, junto a la venta de Contreras. Allí pusieron pie en un islote, donde con toda precaución dejaron al convaleciente. Azuna le acompañaba.

—Espera aquí que volveremos por Zaida, Leila y Omar. Dentro de unos minutos estaremos todos reunidos.

—Id dos de vosotros por ellas y por el fiel Omar.

—Con todo esto, no te hemos preguntado siquiera cómo estás, Ben Abdul.

—Muy contento... y muy impaciente por ver a Zaida. ¡Qué heroína más admirable...!

—Di más bien: ¡Lo que puede el amor...!

—Aquí tienes comida y algo para beber: hidromiel, naranjada... Es preciso que repongas fuerzas. Nosotros vamos por los de la otra orilla. No temas. Saben nadar; pero no hay cuidado. La felicidad nos espera a todos. Esperad tranquilos, que aquí no corréis peligro alguno: Este islote es precisamente la divisoria entre las tierras cristianas y las árabes.

Poco tiempo después, los cuatro tripulantes de la barquilla estaban a la orilla del islote del Cabriel. Desembarcaron entre gritos de júbilo los cuatro mancebos moros. Así parecían, puesto que Zaida y Leila iban vestidas de varones para asistir y cooperar en el salvamento.

La alegría y emoción de aquellos momentos no es para describirla. En cuanto hemos relatado, desde que oyeron el canto del ave, hasta la reunión de sus salvadores con el prisionero en este pequeño islote, no habrían pasado más de dos horas.

La luna alumbraba aquel hermoso idilio, bañando en plata la emotiva escena. Leila también dirigía tiernas miradas a su Azuna. Sentía gran agradecimiento, porque bien comprendía que por amor a ella y fidelidad a Ben Ali se habla metido en aquella intriga.

—Marchad rápidamente a Requena —dijo Azuna a sus ayudantes—. Avisad lo que ocurre y rápidamente, antes de que amanezca, que vengan por nosotros. Es necesario transportar con la mayor precaución a Ben Ali. Y es claro que Zaida, no querrá dedar solo a su prometido... Y yo, ¿cómo voy a dejar a Leila, que debe acompañar a su señora...?

—Los caballos los tenemos cerca de aqui. Como flechas iremos. Esperad tranquilos.

—Bien —dijo Zaida—. Azuna que acompañe a Leila, que bien ganado tiene este pequeño descanso. La luna bañaba a los cuatro enamorados, arrullándolos el suave murmullo del río, cuya fresca brisa les era tan grata, después de las angustias pasadas.

—¡Bendito sea Alá!, que nos ha permitido esta alegría tan grande, en medio de una noche maravillosa, en un encantador Islote, con el cielo estrellado por techo, oyendo de vez en cuando el canto de las alondras, que anuncian el día.

Nada ocurrió de particular hasta que llegó el salvamento Completo. Solamente dos de los tres moros habían partido con los Caballos. Otro quedó, aunque ya en tierra firme, con otros caballos, en guardia por si ocurría algún acontecimiento inesperado.

Todos fueron conducidos, sanos y salvos a Requena, cuando empezaba a clarear el dia. El Fanir, enterado, aunque algo enojado con Zaida, por haber guardado el secreto y haberse efectuado este proyecto sin él saber nada, como todo había terminado felizmente y se había salvado el amado de su hija y con ello uno de los más valientes y esforzados adalides de sus huestes, fácilmente perdonó a Zaida y sonriente, dijo por fin:

—Que vengan los enamorados, que les perdonaré esta travesura... y rápidamente se celebrarán las bodas de los cuatro.

Al amanecer de aquel dia, pudieron contemplar los árabes un hombre colgado de una almena, que se balanceaba en el vado. Sin duda era el criado infiel, que de esta forma pagaba su traición a los cristianos.

Días después se rompieron las treguas guerreras y una verdadera ofensiva general se extendió por todo aquel territorio fronterizo. Resultado de esta guerra fue la destrucción de los castillos de Peróyoma, Castilseco y el de Cabras Monteses, del que solamente quedan unas ruinas y la claraboya de que nos ocupamos en esta leyenda. Pero lo cierto y que muy pocas personas saben, es que a partir de entonces, al islote que forma el Cabriel en su recodo, junto a la Venta de Contreras, se la llama poéticamente "La Isla de los Enamorados".

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