EL ABATE L'EPÉE, EL BIENHECHOR DE LOS SORDOMUDOS


Cierto día en que en una favorecida reunión se mencionaba al abate L'Epée, alabando la nobleza de su cristiano corazón, un respetable anciano se levantó y ofreció referir como el bienhechor de los sordomudos, había logrado el descubrimiento de su ingenioso sistema de enseñanza.

Todo el mundo se apresuró a aceptar el ofrecimiento del anciano, que de este modo comenzó su relato.


El abate L'Epée tenía entonces unos cuarenta años. Caritativo, como lo fue el resto de su vida, se dirigía cierta mañana a visitar a un pobre gravemente enfermo, cuando equivocándose de puerta, entró en una pobre habitación ocupada por dos niñas de doce o trece años, que estaban sentadas una junto a otra, enteramente abatidas.

-Ustedes me dispensarán, mis queridas niñas, esta indiscreción, les dijo saludándolas; pero ellas siguieron en la mas completa inmovilidad, sin tan siquiera mirarle.

Suponiéndolas embebidas en sus pensamientos, o presa de un profundo pesar, se acercó a ellas y renovó sus escusas; pero el mismo silencio y la misma indiferencia le sirvieron de respuesta.

Se decidió al fin a tocar con su mano en el hombro de la mas joven. Entonces ambas levantaron la vista, y se mostraron atónitas de la presencia del sacerdote.

-¿Les sucede alguna desgracia, hijas mías? les preguntó el abate L'Epée con voz compasiva; pero la única respuesta que pudo alcanzar fue un gesto bastante significativo que ambas niñas le hicieron.

-¡Sordas y mudas! exclamó suspirando con pena. Después las contempló con ojos tan compasivos, que las niñas se mostraron conmovidas.

Entonces la mas joven levantó uno de sus dedos; en seguida su hermana se puso en pie y ofreció una silla al venerable sacerdote. Un rayo de luz acababa de iluminar la inteligencia del abate L'Epée al ver que aquel dedo con agilidad movido, bastaba para hacerse comprender.

Se sentó entre las pobres niñas, y largo tiempo les dirigió preguntas por señas lo mas expresivas que le fue dado concebir, y concluyó por obtener respuestas bastante satisfactorias de los dedos delicados y amaestrados de aquellas pobres privadas de la palabra.

Se ocupaba aún en aquella nueva conversación para él, cuando la puerta se abrió de repente y entró una mujer tan parecida a las niñas, que no pudo menos de tomarla por su madre.

-¿A que debo la satisfacción de ver en mi casa a tan respetable señor? preguntó la recién venida tan pronto como se hubo recobrado de la sorpresa que la presencia del abate le había causado.

-Tenga la bondad de dispensarme, señora, esta inesperada presentación en su casa, respondió el abate L'Epée. Venia a visitar a un enfermo en esta casa, y me he equivocado de puerta. He encontrado aquí esas dos niñas, su posición me ha interesado de tal modo que...

-¿No es verdad, señor, que mi desgracia es grande? le dijo la mujer cortándole el hilo de su discurso. ¿Tener dos hijas incapaces de poder guardar mi casa, ni de contar con ellas para nada? Ah! estoy obligada a mantenerlas y a cuidarlas, cuando toda mi fortuna consiste en el trabajo de mis manos, en lo que puede darme mi aguja. A veces estoy tan abatida, señor cura, que no se que hacer. Temo volverme loca.

-Confíe en la Providencia, señora, respondió el abate L'Epée. Sus bijas de son inteligentes, me parecen capaces de aprender un oficio lo mismo que otras niñas, teniendo una gran paciencia. Trate de enseñarles a coser, con el cariño e interés de una buena madre para aliviarlas al menos en su desgracia, y verá coronados sus esfuerzos.


-No me es posible, venerable señor, mejor dicho, son perezosas, indóciles; jamás aprenderían cosa alguna, por temor de verse obligadas a trabajar.

-¿Me permitirá usted que venga a verlas a menudo? yo le prometo todo lo contrario le respondió el abate L'Epée.

-¡Ah respetable señor, si hace ese milagro, no podré menos de venerarle como se venera a un santo.

-Tenga confianza en Dios, que jamás abandona a sus criaturas, le dijo el santo varón, después saludó a las pobres niñas y a la madre, prometiendo a esta que en breve volvería a verla. Así se despidió de aquella casa el venerable abate l'Epée.

Algunos días después, volvió al lado de las sordomudas con el embrión, si así puede decirse, del admirable alfabeto, que tan prodigiosos resultados debía dar mas adelante.

Las pobres niñas estaban solas como la primera vez que el abate las vio, pues su madre había salido a entregar la obra de su semana. Esta circunstancia alegró al abate L'Epée, porque así se encontraba enteramente libre para ensayar su primera lección. Aunque las niñas no comprendieron desde luego la importancia del ingenioso ejercicio de dedos que el abate les enseñaba, se prestaron de buen grado a seguirle en sus movimientos y hasta mostraban al fin cierto gozo en ello.

En cuanto al sublime maestro, no hacia mas que levantar a cada punto sus ojos al cielo, como para dar gracias a Dios por el inmenso beneficio que le dispensaba.

-¿Es un sueño? se preguntaba a sí mismo cada vez que conseguía hacerse entender de las niñas. Pronto las sordomudas podrán comunicar sus pensamientos, pronto sabrán leer y escribir, como si la naturaleza no les hubiese negado el oído y la palabra.

Poco tiempo después la madre cayó enferma; pero esto no impidió al buen sacerdote la continuación de su enseñanza. De nada carecía la desgraciada madre estando a su cargo.

Las pobres niñas necesitaban sus lecciones y consejos y él bastaba para hacer frente a todo acto de caridad.

¿Acaso podría él abandonar a una madre, víctima de una fiebre continua y devoradora, en el momento en que la muerte parecía alzar sobre su cabeza la formidable guadaña?

Así es que el abate L'Epée, pasaba la mayor parte del día y de la noche en aquella pobre casa, prodigando toda clase de alivio posible a la desventurada madre, y aprovechando los momentos que le quedaban, en la noble tarea que se había impuesto respecto a la educación de las no menos desventuradas sordomudas.

De este modo se pasaron cerca de dos meses.

La enferma privada de conocimiento hacia mas de tres semanas, iba acabándose poco a poco, consumida por la enfermedad y todo hacia pensar que su última hora se acercaba.

Pero he aquí que un día por la mañana, después de un sueño bastante sosegado, al despertarse pudo reconocer a sus hijas que velaban junto a su cama... ¡Que sorpresa para ella! una se ocupaba de prepararle una tisana, mientras la otra, después de haber calentado unas bayetas, le envolvía sus pies con ellas.

¡Qué cambio el de aquellos semblantes en otro tiempo tan fríos e insensibles! Sus facciones están animadas por la mas expresiva ternura, un rayo de bondad e inteligencia fulgura en sus inquietas miradas!

La pobre madre las contempla desde luego en silencio, sin darles a entender que ha recobrado sus sentidos, y pronto las ve comunicarse entre si, hablar por señas y comprenderse perfectamente.

Tan grande es la emoción que aquello despierta en su alma, que no puede menos de lanzar una exclamación de alegría. Al ver su movimiento, las niñas corren a su lado, y ella, tendiéndoles sus brazos, las estrecha apasionadamente contra su pecho, y da rienda suelta a sus lágrimas.


En este momento entraba en el cuarto el abate L'Epée, que hacia poco se había alejado de allí. En seguida comprendió que la enferma se había salvado, y también la causa de la grata emoción que entonces experimentaba al lado de sus pobres hijas.

-Ha cumplido su palabra, padre mío, dijo la enferma, tendiéndole su flaca mano, y la ha cumplido de una manera superior a mis esperanzas.

Es usted nuestro bienhechor. ¡Que el cielo le recompense como merece!  pues apenas me ha sido posible reconocer a mis dos sordomudas en esas niñas que al despertar de mi letargo, he encontrado junto a mi tan afectuosas y solícitas para conmigo.

El abate L'Epée refirió entonces como había conseguido producir aquel cambio milagroso, y conjuró a la madre a que cambiase completamente de conducta respecto de sus hijas, y a que confiase en ellas enseñándolas a trabajar desde el momento en que el estado de su salud se lo permitiese.

-Por mi parte, seguiré instruyéndolas, añadió, y no dudo que lograremos de este modo hacer de ellas dos buenas hijas inteligentes y laboriosas.

-¡Ah! señor; ¿podré jamás en lo sucesivo desatender sus consejos? respondió la enferma. Usted es nuestro salvador; hable padre mío, y siempre obedientes y agradecidas nos esforzaremos en complacerle, miraremos sus órdenes, como emanadas del que todo lo puede. ¡Que Dios bendiga, padre mío!

Durante esta conversación, las sordomudas se mantuvieron de pie junto a la cama y fácilmente se comprendía la satisfacción de su alma pintada en sus facciones, al ver la mejoría que acababa de producirse en la posición de su querida madre.

Algunos meses después, aquella casa tan triste en otro tiempo, se babia transformado totalmente. Muebles muy aseados remplazaban ya la mesa coja y las sillas desvencijadas que tan miserable aspecto le daban; dos camas, blancas como la nieve, guarnecían el fondo del cuarto, y largas cortinas de muselina bordada ocultaban con esmero la vetustez de la ventana. Cerca de esta ventana trabajaban activamente, la madre y las hijas, y al ver la apacibilidad de sus semblantes, no se podía dudar que todas tres estaban contentas con su suerte.

El abate L'Epée se presentaba de tiempo en tiempo a visitarlas; pero su estancia allí nunca pasaba de una hora; pues había fundado ya su benéfico asilo de sordomudos, y la dirección de esta casa le absorbía todo el tiempo.

El bondadoso anciano terminó de este modo su relato, y alcanzó el aplauso de los concurrentes, que con nuevo entusiasmo volvieron a los elogios prodigados al noble bienhechor de los sordomudos.


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