LA VIRGEN DE MONSERRAT, HISTORIA, LEYENDA, MILAGROS...


Era el día en que cumpliéndose las divinas promesas moría el Hijo de Dios en un afrentoso patíbulo para salvar y redimir al hombre.

Había llegado aquel momento supremo en el que, concluida su misión en este mundo, Jesucristo iba a reunirse con el eterno Padre, dejando sobre su leño la carne de que se revistiera su espíritu inmortal al querer el Señor con su inmensa bondad y misericordia librarnos de la esclavitud del infierno.


¡Misterio santo y sublime! Dios, creador, haciéndose hombre y muriendo entre terribles dolores y abrumadoras penas en un infame suplicio para dejar satisfecha a la divina justicia del pecado de ingratitud de la criatura.

Dios, creador, si, es el que muere. Por eso también mueren los luminosos rayos del sol, y cubriendo con negro crespón su radiante disco, deja que las tinieblas reinen a la hora en que debía lucir con todo su esplendor y belleza.

Por eso también, conmovido el orbe entero deja escapar de su seno un quejido de dolor, inclinándose las plantas en sus tallos, cerrándose los pétalos de las hermosas flores que adornan la campiña, chocando las piedras y abriéndose los sepulcros.

Entonces las más elevadas montañas de Cataluña, estremecidas con la consumación de tan horrible deicidio, se separaron unas de otras, y por la forma con que aparecen sus puntas unas sobre otras, como si le hubieran pasado una sierra, se le denominó mont serratus, de donde se deriva la voz o palabra catalana Monserrat.

Comenzaremos con la  historia de la famosa imagen, patrona y protectora de los catalanes.

La doctrina predicada por el Mesías anunciado por los profetas, empezaba a producir dulces y sabrosos frutos. El cristianismo, iba dando a conocer todo lo grande y sublime de esa religión que, comenzando por el amor a Dios, concluye por el amor al prójimo. El entusiasmo religioso de los primeros fieles, convirtiéndoles en héroes, asombraba a los paganos y gentiles que dudaban de sus creencias al ver tanta abnegación, al contemplar tanta claridad.
 
Guiados por ella, muchos de los discípulos de Jesucristo se apartaban del trato y comunicación de las gentes, y buscando la soledad y el retiro para entregarse de lleno a sus meditaciones y a la contemplación de las cosas mas celestiales, iban fundando en las escabrosas montañas, en las rocas mas escarpadas, aquellos asilos de virtud y santidad, origen de tantos monasterios, de los que apenas conservan hoy sus ruinas.

En aquella época, pues, de tanto fervor, de tanta piedad, Quiricio, uno de los monjes de San Benito, pensó en edificar un templo en Monserrat a la Madre de Dios, y un monasterio para los religiosos de su misma orden o regla.

Cuando Quiricio fundaba este monasterio, ya había extendidas por la montaña varias ermitas, y se alzaban algunos santuarios cuyas ruinas pueden aun verse al visitar Monserrat.

El primer monasterio que edificara en él el monje benedictino tuvo sus cimientos precisamente en el mismo sitio donde antes recibiera culto la diosa pagana Venus.

Todo induce a creer que este antiguo monasterio se levantó al pie de la montaña en el lugar que hoy ocupa el pueblo llamado Monistrol; pues buscando la etimología de su nombre algunos autores, creen que se halla en la palabra latina Monasteriolum, monasterio pequeño.

También es de creer que la imagen tan venerada por Cataluña de la Virgen de Monserrat, recibió culto en este primer monasterio hasta la invasión de los árabes.

Como otras varias de las imágenes antiguas de la Virgen fue traída a España por San Pedro, cuando, según el parecer de algunos historiadores, vino a la península en el año 50 de la Era cristiana.

Encomendada la imagen por el apóstol a San Etéreo, primer obispo de Barcelona, este virtuoso pastor cuidó de que recibiera, el culto que se merecía como bello simulacro de la Señora de los cielos.

Los portentosos milagros y prodigios que el Señor obrara por intercesión de su amorosa Madre con los que iban  postrarse ante su sagrada imagen, hicieron que la devoción creciera cada día mas, llegando a ser por fin, al pasar los tiempos, la patrona abogada y protectora de Cataluña.


Hubo un día, en que, guiados por un infame y villano conde los sectarios del falso Profeta, los discípulos del Corán, se apoderaron traicioneramente de nuestras mejores villas y mas importantes ciudades.

El signo de nuestra Redención, la Cruz, emblema santo de los cristianos, se vio pisoteado y abatido por la Media luna, enseña de los discípulos de Mahoma.

Los templos de los fieles, se convirtieron en mezquitas de los musulmanes.

Tres años hacia, que, hundida en el Guadalete la monarquía goda, habían empezado los árabes a posesionarse de nuestro privilegiado suelo, cuando la antigua Barcino, la hermosa ciudad de Barcelona caía en poder de los infieles.

Todos sabían las crueldades, todos conocían las profanaciones que hacían con las imágenes los enemigos de nuestra religión y deseando salvar el obispo y el gobernador de la ciudad condal la sagrada efigie tan venerada por los catalanes, decidieron librarla de las iras y del furor de los mahometanos, ocultándola en una Cueva de la montaña de Monserrat.

Era el año 880.
 
Un sábado por la tarde, tres jóvenes pastores de Aulesa que también abandonaban la montaña a donde llevaban sus ganados, observaron no sin gran asombro, que del sitio mas oscuro del monte provenía cierta purpúrea claridad, la que hacia distinguir en aquel mismo lugar infinitas luces. Al mismo tiempo llegaba a sus oídos una música dulce, suave y arrobadora.

Creyendo aquellos sencillos pastores que lo que veían y escuchaban podía ser una alucinación, no dijeron nada a sus compañeros pero como se repitiera el mismo prodigio el sábado siguiente, dieron cuenta a las gentes del suceso que pronto fue contemplado por todos.

Cuatro sábados seguidos se verificó tan extraordinario acontecimiento.

Por fin, convencidos el piadoso cura de Aulesa y el obispo de Manresa que vieron también las hermosas luces que a manera de antorchas alumbraban el monte y oyeron las armonías de aquellos invisibles coros, de que todo esto debía ser obra de Dios que quería sin duda manifestarles con tan portentoso milagro que allí había algo que habían de apresurarse a encontrar, en devota procesión que organizaron ellos mismos, costeando las orillas del Llobregat, subieron hasta el lugar donde se vejan las prodigiosas luces.

En su ascensión al monte notaron que conforme iban caminando, mayores eran las armonías, mas brillantes las mágicas luminarias y que un suave y dulce aroma perfumaba la montaña. Llegaron a la cueva donde fuera escondida la imagen sagrada de la Virgen María ciento sesenta y tres años antes por los piadosos cristianos que la quisieran así evitar las injurias, agravios y profanaciones que pudieran haberla hecho los hijos de Ismael, y convencidos de que allí habían de detenerse para esperar lo que el cielo quena indicarles con el raro prodigio que observaban, hicieron alto dirigiendo sus pesquisas por la cueva.

Luego fue hallada imagen de Nuestra Señora y llenos de júbilo y alegría aquellas piadosas gentes, se postraron en tierra y la adoraron humildes y reverentes, bendiciéndola como Madre de Dios y la aclamaron como su bondadosa protectora.

Dudaba el prelado que tomara la imagen del sitio donde estaba colocada, de lo que debía hacer con ella, si dejarla en aquel mismo lugar en el que la encontrara o llevarla a la ciudad de Manresa. Consultó a los que le acompañaban y siendo la opinión de todos que se trasladase la imagen a la a esta población, se volvió a organizar la procesión.

Cuando llegaron al sitio en que se levanta hoy el monasterio, en vano pretendieron proseguir su marcha.

El Señor Todopoderoso obraba un nuevo prodigio impidiéndoles proseguir su camino, manifestando de este modo la Virgen su voluntad de que allí mismo se le edificara una capilla en la que debía oír las súplicas y plegarias de sus devotos fieles.

Se apresuraron a levantar en aquel sitio una humilde capilla donde la dejaron, y en la cual era visitada por los piadosos cristianos, que viendo en ella una Madre amorosa y tierna para los que con fervor la invocaban, iban a demandar su divino auxilio en todas sus necesidades.

Digamos ahora cómo este pobre santuario se trasformó en hermoso y magnifico monasterio.

Por la época en que tan milagrosamente era hallada la imagen de la Virgen, era primer conde de Barcelona Wifredo el Velloso.

Tenia este una hija llamada Riquilda, que poseída del demonio, como dicen las antiguas crónicas, no había para ella otra salvación que la de dedicarse en la montaña de Monserrat a ejercicios de devoción y piedad, viviendo por algún tiempo en una de las ermitas que en tan gran número  había entonces en el monte, cerca todas de la capilla dónde se veneraba la imagen de la Virgen.

Así lo había manifestado el espíritu infernal por boca de la hermosa joven. Los deseos del genio del mal, del astuto Luzbel, habían sido expresados por medio de Riquilda de una manera bien explicita.

No solo debía abandonar las comodidades que disfrutaba en el palacio de su padre, yendo a habitar en lo mas escabroso de la montaña, sino que había de estar precisamente en la celda que tenia en aquellos lugares el mas austero de los cenobitas. Juan Guarin se llamaba este varón piadoso y justo, que aspirando a la verdadera perfección con sus continuas penitencias y aislado por completo sin ninguna comunicación con las gentes, vivía en una solitaria cueva, en lo mas inaccesible de la áspera montaña.


Pudo, pues, informarse el conde Wifredo de quien era aquel penitente, con quien iba a estar su hermosa hija, y aunque Riquilda era joven y bella sobre toda ponderación, no titubeó en confiársela a Guarin.

Estaban ya satisfechos los deseos del ángel las tinieblas.

Todo se cumplía conforme lo había ideado Luzbel, que ansiaba arrebatar un alma al cielo, y que se ejecutase un horroroso crimen que le hiciera experimentar en su eterno castigo un momento de placer.

Cuando a pesar de la resistencia con que se opuso Juan Guarin a admitir en su pobre habitación a la hija del noble conde, por las muchas instancias de este se halló Riquilda junto al austero cenobita, el espíritu del mal se sonrió.

Esta sonrisa del demonio fue el prólogo de una gran catástrofe.

Cerca de la cueva de Guarin había otra en la montaña, habitada también por otro austero penitente.

Su virtud, su piedad y sus mortificaciones, habían hasta edificado a Guarin que creía debía imitar la vida de su compañero redoblando sus penitencias, y haciendo mayores sus sacrificios.

Un día se habían encontrado por casualidad los dos anacoretas.

Guarin saludó respetuoso a su compañero y este le contestó con mucha afabilidad, ambos pronto fueron amigos.

El primero que había determinado no tener trato con nadie en este mundo tomando por un santo a su compañero, nunca rehusó su compañía. Por el contrario siempre le buscaba con empeño.

Guarin le había contado las gestiones del soberano de Barcelona para que admitiera a Riquilda en su cueva, y su propósito de no admitirla, aunque tuviera que ir a buscar un nuevo  refugio en los mas recónditos lugares.

Su compañero le había dicho:

—El Señor bien claro os manifiesta que quiere que haga penitencia a vuestro lado la hija de Wifredo. La voluntad del Señor debe siempre cumplirse. Quien a ella resiste, no espere nada de su bondad infinita.

El consejo del severo cenobita decidió a Guarin a admitir en su cueva a Riquilda y se hallaba ya esta admirando en la cueva del piadoso Guarin su vida penitente y ejemplar.

El anciano eremita le hacia participar de sus alegrías y placeres en sus frecuentes meditaciones y continuos éxtasis, pensando en la otra vida.

Muchas veces juntos Guarin y Riquilda pasaban las horas en dulces diálogos discurriendo sobre la omnipotencia de Dios y sobre la gloria que tiene ofrecida a los justos.

En su deseo vehemente de hacer conocer a la joven todo lo grande y sublime de nuestra religión, se olvidaba Juan Guarin de buscar a su otro compañero.

Ya habían pasado algunos días desde aquel que fuera Wifredo a la cueva del anciano, para dejar su hija a su cuidado.

Riquilda dormía y Guarin que se hallaba a su lado contemplando la dulce inocencia de la joven cuando se vio sorprendido por su olvidado compañero.

—Hermosa es, exclamó este:

—Qué decís repuso Guarin con alguna turbación.

—Bella, muy bella criatura es esa joven, y debe ser muy grande la virtud de un hombre para que se le pueda confiar la custodia de tan precioso tesoro.


—Salgamos, salgamos de aquí —dijo Guarin— han sido muy largas sus oraciones y el sueño la ha rendido, no la despertemos.

—No, no la despertéis, pero otra vez que se halle entregada al descanso, no la miréis tampoco con la insistencia y placer con que la contemplabais cuando he venido a buscaros.

—Me habláis hoy, padre, en un lenguaje que en verdad no comprendo.

—La carne es flaca y la tentación muchas veces no se puede resistir.

—Callad, callad por Dios —dijo Guarin, sintiendo en su corazón los primeros ardores de una llama viva y abrasadora que empezaba a atormentarle.

Salieron de la cueva los dos cenobitas, y aunque como en otros días juntos se entregaban a sus ejercicios de devoción y penitencia, el compañero de Guarin, con un aparente misticismo habló de cosas que jamás habían escuchado los castos oídos del guardián de Riguilda.

Cuando el virtuoso anacoreta volvió a la cueva, se hallaba la hija del conde postrada en tierra orando con gran fervor.

No quiso Guarin interrumpirla en sus rezos, y a su pesar sus ojos se detuvieron en la joven.

Ya no era una llama lo que había dentro del corazón del anacoreta, era un volcán, era un voraz incendio que le consumía por momentos.

Riquilda seguía orando.

Guarin la seguía contemplando hacia ya mucho rato.

Sin poder apartar la vista de la joven, sin poder apagar el fuego interior que le devoraba, hizo un brusco movimiento para alejarse con precipitación de la cueva.

La joven entonces se levantó asustada, y corriendo hacia el ermitaño, que se había detenido al oír un ligero grito de Riquilda, le asió fuertemente del brazo, y temblando al ver el descompuesto semblante de su compañero, le preguntó con temor qué desgracia les amenazaba.

Guarin comprendió que había cometido una gran imprudencia; sus labios siempre veraces quisieron articular una mentira para justificar su brusca salida, pero al sentir el contacto del brazo de la hija del conde que creciendo en temor le apretaba con fuerza, sintió que su lengua se abrasaba y que en vano pretendía hablar.

Con el silencio del cenobita el temor de la joven se convirtió en terror, y con sin igual inocencia se acercó más a Guarin como si quisiera defenderse de algún invisible peligro.

Las palabras que oyera el anciano a su compañero, no se apartaban de su memoria.

Quiso hacer un esfuerzo para desasirse de los brazos de la joven, pero ¡ay! la lucha que tuviera todo el día consigo mismo le había debilitado para vencer la tentación.

Había triunfado el ángel rebelde, pero aun no estaba satisfecho por completo.

A la mañana siguiente corría loco, desesperado, Guarin por la montaña hacia la cueva que habitaba su compañero.

—He pecado, he pecado —exclamó arrojándose a sus pies; he robado su tesoro al conde, y mi alma va a entregarse a la desesperación

—Infeliz! le interrumpió su compañero. —Grande ha sido vuestra falta, no es extraño que desesperéis de la misericordia del Señor. Volveos, volveos luego ir la cueva, y ya que habéis cometido un crimen acabad vuestra obra con otro, para ya que si no podéis huir de las iras del cielo libraros al menos de las del ofendido Wifredo

—Padre, padre, eso es horrible!

—Apartaos de mi y no turbéis con vuestros escándalos mis piadosos ejercicios.

Cuando Guarin volvió a la cueva, se lanzó loco, frenético sobre Riquilda, y sacando de su hábito una cuchilla degolló a la joven.

Luego con la misma cuchilla hizo un hoyo profundo en el que enterró a su víctima.

Cuando hubo concluido su obra, quiso alejarse pronto de la montaña, pero horrorizado de si mismo cayó encima del ya cubierto hoyo.

—Perdón, perdón, Dios mío, exclamó Guarin.

Luego con temor levantó sus ojos al cielo.

El sol empezaba a dorar la montarla con sus hermosos rayos.

—Todo, todo Señor, exclamó Guarin, os saluda, os aclama, como Dios que sois Omnipotente; la naturaleza como los demás días os saluda y os bendice y solo yo triste y desamparado no me atrevo a abrir mis labios para dirigiros también como en otro tiempo mi cuotidiana salutación

—¡Dios mío, perdón, perdón! volvió a exclamar después de una breve pausa. Grande ha sido mi pecado, horrible mi crimen, pero infinita es vuestra misericordia. ¡Oh Señor, perdonadme, perdonadme! Una idea fea acarició la suerte del anciano, y levantándose corrió otra vez hacia la morada de su compañero.

Cuando llegó a ésta en vano le buscó.

El demonio que veía cumplida su infernal obra, había dejado el tosco sayal del penitente con el que se disfrazara para perder a Gnarin y abandonando la montaña se volvió a los profundos abismos.

Algunos meses después Guarin llegaba a Roma, y confesando al Vicario de Cristo su horroroso crimen obtuvo el perdón ansiado.

El Papa que le vio contrito y arrepentido, no le negó la absolución, pero al dársela le impuso la penitencia de vivir con los brutos, ya que como ellos se había portado dejándose llevar de sus sensuales apetitos, andando de pies y manos, alimentándose con las yerbas del campo sin hablar palabra alguna hasta que Dios quisiera darse por satisfecho y sin levantar nunca la vista al cielo.

Terrible penitencia que cumplió el desgraciado Guarin por espacio de ocho años consecutivos, habitando otra vez una de las mas ocultas cuevas de la montaña de Monserrat, donde cometiera tan atroces delitos.

Por fin, el Señor misericordioso se condolió del pobre pecador.

Un día varios cazadores y algunos montañeses del conde que se habían internado por lo mas recóndito de la montaña llegaron a descubrir a Guarin y le tomaron por una fiera salvaje, tan desfigurado estaba por haber vivido tanto tiempo desnudo y alimentándose como los brutos por aquellos agrestes sitios.

Cubierto su cuerpo de espeso y crecido vello, no es extraño que le confundieran los cazadores con un animal salvaje.

Le amarraron a una cadena, y como Guarin tuviera prohibido el uso del habla, sin oponer ninguna resistencia fue llevado a Barcelona confundido con la trahilla de los monteros.

Atado con la misma cadena que se le condujera hasta la ciudad, se le expuso en el patio del palacio del conde Wifredo a la curiosidad de las gentes.

Pocos días después daba el conde un banquete en su palacio.

Al terminar el mismo Wifredo guió  sus convidados al patio donde se hallaba el desgraciado Guarin.

Se discutía acaloradamente sobre la especie o raza a la que debía pertenecer tan rara alimaña, cuando acercándose una nodriza de un niño de cinco meses, hijo del soberano de Barcelona, observaron todos asombrados que, abriendo sus labios el tierno niño, dijo con voz clara e inteligible, dirigiéndose al ser extraño que contemplaban:

—Levántate Juan Guarin, el Señor misericordioso, satisfecho de tu penitencia ya te ha perdonado.

Se quedaron todos los circunstantes maravillados al ver hablar de aquel modo a tan tierna criatura, pero creció mas su admiración cuando dejando Guarin la postura que le hacia confundirse con los brutos, empezó a referir al conde la infamia y horrible crimen que cometiera con su hija, ocho años antes, cuando confiado en la fama de sus virtudes la entregara a su cuidado.

Se llenó de ira y coraje el corazón del conde cuando supo el ultraje y crimen del anciano anacoreta, tentado estuvo en su furor de traspasarle el cuerpo con su espada.

Ya había echado mano a la empuñadura de la misma, pero iluminado sin duda por el cielo, ya que éste bien manifiestamente le otorgaba a Guarin su perdón, no quiso él tampoco negárselo.

Ordenó al momento que le acompañaran al sitio donde se ejecutara el crimen, y seguido de sus cortesanos fueron todos hacia la montaña de Monserrat.

Cuando llegaron a esta, su primera diligencia fue la de ir a la capilla de Nuestra Señora.

Postrados ante tan venerada imagen el conde y el anciano eremita estuvieron allí largo rato orando.

El conde lloraba por la triste suerte de su hija.

Juan Guarin lloraba sus horribles pecados.

La Virgen se compadeció de los dos.

Al abrir el profundo hoyo donde Guarin enterrara a Riquilda, apareció un cadáver sin descomposición ninguna.

Mas parecía sumida en dulce sueño que difunta.

Al ver el cadáver de su hija quiso arrojarse sobre él el conde, pero al ir a tenderle sus brazos, presenciaron todos sus nuevos prodigios, obra del Señor por intercesión de la Santísima Virgen.

Riquilda se levantó por si sola en el hoyo, salió ayudada por su padre del mismo, y sus primeras palabras después de que tan milagrosamente resucitara, fueron de perdón para el arrepentido ermitaño.

La bella hija del conde que se hallaba entonces tan hermosa como el día en que su padre la confiara a Guarin, solo notándose en su cuello una ligera cicatriz por el sitio donde pasara la cuchilla, pidió a su padre que ya que había estado muerta para el mundo tan largo tiempo, la permitiera consagrarse a Dios en aquellos lugares fundando algún humilde monasterio.

Humilde y pobre será, porque nada de lo de la tierra es digno de la augusta Soberana de los cielos; pero yo te prometo, hija mía,—exclamó el conde— que esta capilla ha de hallarse en un magnifico templo junto con un grandioso monasterio, que haré yo edificar en acción de gracias a Nuestra Señora por el gran beneficio que hoy me ha dispensado. Wifredo cumplió su promesa.

Cuando el monasterio estuvo construido se encerró en el Riquilda, siendo abadesa de las religiosas benedictinas que primeramente lo habitaron.

Pocos años hacia que se había erigido el hermoso monasterio, cuando Juan Guarin que se había quedado en él al servicio de las religiosas, moría en el mismo, al decir de las gentes en olor de santidad.

Esta es la piadosa tradición que apuntan en sus crónicas, siendo muchos los autores que se ocupan del tan célebre monasterio de Nuestra Señora de Monserrat.

Demasiados serían para contar aquí los muchos milagros verificados por la intercesión de la Virgen de Monserrat.

Concluiremos, pues, con algunas ligeras noticias sobre la gran devoción que en todo tiempo se ha profesado a la especial patrona de Cataluña, y las vicisitudes porque ha atravesado su célebre monasterio.

Ya hemos dicho que este había albergado en su principio a religiosas de la regla de San Benito.

La fama de los muchos prodigios que obraba la Virgen se había extendido por todas partes.

El número de peregrinos llegó a ser tan grande que varias veces pueblos enteros subían la montaña en piadosa procesión para ir a adorar la Virgen en su hermoso templo.

Comprendiendo el conde de Barcelona Don Borrel que la decencia de su estado no permitía a las religiosas atender a los peregrinos que llegaban frecuentemente al monasterio, dispuso fuesen trasladadas a otro de Barcelona, instalando en el de Nuestra Señora de Monserrat a monjes también benedictinos.

Hasta el año 1492 estuvo gobernado el monasterio por abades comendatarios pero  el 19 de Abril de este mismo año, por bula del Papa Alejandro VI, se extinguió esta dignidad, uniéndose en el siguiente de 1493 a la congregación de San Benito el real de Valladolid.

Son infinitos los grandes príncipes y personajes célebres que han visitado el santuario de Nuestra Señora dejando en su monasterio al despedirse de la Virgen, ricos regalos y valiosas ofrendas.

Por mandato del monarca Felipe II, se construyó en el monasterio una nueva iglesia mas suntuosa y magnífica que la antigua.

Solo el retablo del altar mayor ejecutado por el famoso escultor Esteban Jordán en Valladolid, costó catorce mil ducados.

Lo mismo que Felipe II su padre, el emperador Carlos V y antes que este gran monarca todos los condes de Barcelona y reyes de Castilla, tuvieron también gran devoción a la Virgen, a la que visitaban con frecuencia y  cuya protección se encomendaban en todas sus mas célebres empresas.

Felipe III y todos sus sucesores también profesaron especial afecto a la rica joya que guarda Cataluña en sus montañas.

Ricas alhajas, preciosas ofrendas, guardan los armarios y joyeros de algunas de nuestras mas célebres iglesias, pero pocas o ninguna, tantas y de tan alto precio como las que hallaban en el monasterio de Monserrat antes de la guerra de la independencia. Grande fue el encono, terrible la furia de los franceses al pisar España, pues por todas partes llevaban el robo, la desolación y el incendio, como lo probaron destruyendo este magnifico templo.

El monasterio de Nuestra Señora fue sin disputa el que mas sufrió en aquellos días de tristeza y de luto que siempre recordaran con amargura los españoles.

Es verdad que en aquella horrible lucha fuimos al fin los vencedores. Es verdad que por último destrozó en el combate el leon castellano ä las águilas francesas, pero jamás podrán borrarse de nuestra memoria las infamias horribles y la villanía de los enemigos de nuestra querida independencia.

Desde esta época, el monasterio de Monserrat ha sufrido lo mismo que la imagen de Nuestra Señora varias y terribles vicisitudes.

Hoy, si no con el esplendor y magnificencia de otros tiempos, pueden contemplar los peregrinos la preciosa capilla de la Virgen restaurada de una manera decorosa; aun pueden admirarse muchas preciosidades que se guardan en el monasterio reedificado gracias a la piedad de los fieles. Todavía llama hoy la atención del viajero su extensa y magnifica hospedería.

La devoción a la Virgen bajo la advocación de Monserrat, no se limita solo al Principado, sino que se extiende por todas partes.

Los reyes católicos D. Fernando y doña Isabel, ordenaron que los reinos de Aragón, Cataluña y Valencia erigiesen un templo en la ciudad de Roma en honor de Nuestra Señora. Carlos II, el último monarca de la dinastía austriaca, mandó también edificar otro en Madrid, y las ciudades de París, Lion, Tolosa, Nápoles, Viena, Lisboa, México y otras varias, guardan dentro de su recinto hermosas iglesias, todas dedicadas a Nuestra Señora de Monserrat.

Y no hay que admirarse de que sea tan universal su fama.

Dos grandes varones que hoy veneramos en nuestros altares donde reciben el culto de los santos, Pedro Nolasco e Ignacio de Loyola, fundador el primero de la ilustre orden de la Merced, y el segundo de la célebre Compañía de Jesús, tuvieron siempre una gran devoción a la Virgen que adoraran en las montañas de Cataluña, y por donde fueron, procuraron propagarla y trasmitida a todos los fieles.


 

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