SANTA FILOMENA, PATRONA DE LOS RECIÉN NACIDOS Y DE LOS POBRES


Santa Filomena fue la segunda de 10 hermanos, ya que a ella le precedió un hermanito y le siguieron ocho más. Sus padres, Félix Ferrer y Josefa Galcerán, eran buenos cristianos, un matrimonio que se amaba y transmitía ese amor a sus hijos.
 
La santa, nació en Mora de Ebro el día 3 de abril de 1841. Su padre era escultor de oficio y se dedicaba especialmente a hacer imágenes de madera y a reparar altares o construir otros nuevos. La pequeña Filomena contemplaba la maestría de su padre al convertir en pocas horas un tronco de ruda madera en una maravillosa imagen de Jesús o de la Virgen. Y ella se decía para sí:
 
—«¿No podría yo también hacerme como ese tronco, una santa de carne y hueso? Para ello tendré que dejarme cincelar como se deja el madero por las manos de mi Padre Dios».
 
No iba descaminada la pequeña Filomena ya que eso es la santidad: Solo consiste en dejarse moldear por el Divino Alfarero o Maestro haciendo cuanto El nos mande aunque nos cueste.


Su padre era un perfecto artista y él sabía muy bien que para poder perfeccionar la obra hay que vivir en el ambiente necesario. Por ello emigraba de ciudad en ciudad acompañado de su esposa y sus hijos para realizar sus trabajos en diversos pueblos y ciudades de España. Esto ayudó también a Filomena a conocer gentes, costumbres y a madurar en la fe sobre todo a saber «que estamos de paso y que no tenemos ciudad permanente».
 
Su madre antes que ella naciera la consagró a la Virgen Inmaculada. Recibió una esmerada formación cristiana y a los diez añitos recibía el Sacramento de la Confirmación. La Primera Comunión, que fue un día muy señalado para ella, la hizo cuando tenía doce añitos. Aquel día prometió muchas cosas a Jesús y este las recibió muy gozoso.

Era un encanto de criatura la niña Filomena. A pesar de ser tan niña enseñaba a su hermanito Félix y a otros niños a rezar y a crecer en el amor a Jesús y a María. En cuanto aprendió a leer dedicaba cada día media hora a leer un libro bueno y después quedaba meditabunda sobre lo que había leído.
 
Filomena era una niña modelo en todo: en el colegio, en la Iglesia, en el recreo, en casa...
 
Un sacerdote que la vio rezar dijo:
 
«Esta niña será una santa el día de mañana».
 
Todas las niñas querían tenerla como compañera y amiga ya que a su lado se pasaba muy bien pues estaba siempre dispuesta a dar gusto a todas. Con permiso de su madre daba algo de comer y algunas moneditas a niños más necesitados que ella. Se sentía muy gozosa de hacer felices a todos. Es decir, «era un modelo de niñas».
 
Los padres de Filomena se preocuparon muy bien de que sus hijos recibieran los sacramentos lo mejor preparados posible. El bautismo lo recibió al día siguiente de nacer. El de la confirmación el día 10 de diciembre de 1851 cuando tenía 10 años. Y su Primera Comunión tuvo la dicha de hacerla dos años después, el día 15 de octubre de 1853, fiesta de Santa Teresa de Jesús.
 
Desde pequeñita fue muy devota de la Virgen María a la que trataba de copiar su vida en todos sus detalles. Un día después de comulgar, mientras vivía en Maldá, a sus trece años, quedó en éxtasis durante más de dieciocho horas. Después, en agradecimiento a la Virgen María, se consagró en cuerpo y alma a la Virgen Santísima a la que trataba de imitar en todos sus detalles.
 
Filomena crecía en edad y belleza de alma y de cuerpo. Era la admiración de cuantos la trataban. Por ello le llamaban «Robadora de corazones» porque a todos atraía hacia sí por su virtud, simpatía, bondad y alegría. Pero Filomena no quería a aquellos corazones para sí sino para llevarlos a Jesús y a María.
 
Toda para todos, este lema de San Pablo se lo aplicó la pequeña Filomena desde niña pero de un modo todo especial cuando ya abrazó la vida religiosa. La belleza de Filomena era normal que atrajera a algún buen joven y que llegaran a pedirle la mano como su futura esposa. Ella lo agradeció pero le dijo sin tapujos que ya estaba prometida y que su Esposo era Jesús.
 
Por otra parte la vida de la joven era normal y sin llamar la atención a no ser por la ejemplaridad de todo su obrar. En su casa era ya una mujercita. Como tenía tantos hermanitos había que echar una mano a su buena madre y le ayudaba en todo: barrer, coser, lavar, hacerle encargos, atender a los más pequeños, etc... Pero sobre todo estaba siempre dispuesta a rezar.


Cuando podía cada día asistía a Misa y comulgaba. Rezaba en casa y visitaba a Jesús por las tardes con un grupo de amigas. Un día sucedió esta anécdota simpática:

Se encontraba con sus amigas cuando unos jóvenes llegaron con ganas de compartir con ellas. Les ofrecieron una manzana que Filomena agradeció pero rehusó. Ellos insistieron en que la aceptara. Por fin la tiran y se van. La toma Filomena, la abre y la enseña:
 
—«¿Veis? Parecía tan sana y bonita. Pues ya veis, está llena de gusanos por dentro».
 
La vocación a la vida religiosa la sintió desde que tuvo uso de razón, pero sus padres la necesitaban para ayuda de la casa y por ello se oponían a su ingreso. La Orden elegida por ella fueron las Monjas Mínimas de Valls, pues su humildad, austeridad y vida de caridad le habían robado el corazón. Por fin, en enero de 1860, tenía el gozo tan inmenso de entrar entre aquellas Monjas. Aquí se entregó de lleno a todos los actos de caridad que se le ofrecían. Estaba dispuesta a ayudar a todas, sobre todo a las enfermas y ancianitas de la Comunidad.

En la primera visita que la encantadora joven Filomena realizó a las Mínimas de Valls quedaron todas encantadas de las cualidades que se encerraban en aquella concha. Aquellos mismos días habían tenido la desgracia de perder a la Hna. que dirigía el canto del coro y para unas monjas contemplativas que dedican una gran parte del día al canto del Oficio Divino en el coro esto era una gran pena pues desde ahora su liturgia ya no tendría aquel esplendor que había tenido hasta entonces. Cada día pedían de un modo especial a la Virgen María que les enviase una nueva vocación que tuviera aptitudes para el canto y si sabía música tanto mejor. Filomena reunía todas estas cualidades. La Virgen había escuchado sus oraciones.

 
A la resistencia que antes ponían sus padres a que abrazase la vida religiosa ahora son todo facilidades. Su cristiana madre que ha penetrado en el corazón de su hija y ha visto que su vocación es auténtica, quiere que el día del ingreso de su hija en el convento sea un día señalado. Ella se encarga de comprarle hasta unos zapatos nuevos para que no lleve al convento nada del mundo, que todo sea nuevo para aquel encuentro que va a tener con el Señor. Por fin llegó el día señalado y acompañada de sus padres y de su hermano Félix, por quien siempre conservó un cariño especial, el 29 de enero de 1860, a sus dieciocho años y poco más tiene el enorme gozo de atravesar aquel umbral del Monasterio de Monjas Mínimas de Valls que será la fragua de su definitiva santificación.
 
Todas aquellas religiosas, hijas de San Francisco de Paula, que quieren ser las más humildes, las últimas, la abrazan con ternura y dan gracias al Señor y a la Virgen por aquel enorme regalo que acaban de hacerles. Filomena ya desde dentro del locutorio aparece radiante ante los suyos, a la vez que les dice:
 
—«¿Verdad, amados padres, que me han entregado de todo corazón al Señor?»
 
—«Sí, hija nuestra, que seas siempre muy dichosa y perseveres» —añadieron a una sola voz sus padres.

Configurada con Cristo Filomena se entregó desde el primer momento en manos de la obediencia, dispuesta siempre a todo lo que le ordenaran, ya que estaba plenamente convencida que solo así era como siempre acertaría en la voluntad del Señor. Bien pronto descubrieron las monjas su buena voz y su formación musical, por ello el mismo día 2, fiesta de la Candelaria ya se estrenó en la dirección del canto del coro. Desde ahora hasta su muerte ella será la responsable de que todo el culto divino resulte digno y solemne.
 
El día 29 de marzo, a los dos meses escasos de su ingreso, vestía el hábito de monja mínima con el nombre de Sor Filomena de Santa Coloma. No podía haber añadido un sobrenombre más apropiado: Coloma significaba paloma y ella, Filomena, era una verdadera paloma por su candidez, inocencia y pureza angelical. No tenía hiel sino amor dentro de su corazón.
 
Durante el año del noviciado trató de profundizar en el rico carisma de la Orden de San Francisco de Paula que en síntesis era este: Buscar en todo y siempre la gloria de Dios, seguir a Jesucristo en la mayor perfección posible en sus humillaciones, en su caridad por los demás, en su celo apostólico, en la salvación de las almas, en su vida de mortificación y en su entrega sin descanso a la oración.
 
La monja mínima trata de configurarse de tal modo con Cristo Paciente que en todo su actuar a lo largo del día le tenga siempre presente para imitarle en cuanto es imitable, pero sobre todo Crucificado. Ella tratará siempre de hacer suyo el lema de San Pablo a los colosenses:
 
«Completar en su propia carne con sus padecimientos la Pasión de Cristo por su Cuerpo Místico que es la Iglesia».
 
Viéndola ya madura sus superiores le concedieron la gracia de unirse para siempre con los votos perpetuos, pues entonces no existían otros, el 4 de abril de 1861. Aquel día saltaba de gozo pues ya se veía esposa de Jesucristo para siempre.
 
Una amiga que fue a visitarla poco después de su profesión, se hacía lenguas después de lo contenta y radiante que había encontrado a Sor Filomena de Sta. Coloma.
 
Sor Filomena durante su noviciado ya se trazó su plan de vida. Uno de sus propósitos era:
 
 
—«En el trabajo la primera, en el descanso la postrera».
 
Y otro:
 
—«La caridad está antes que la devoción. Mucho amo al Señor mi Esposo pero procuraré estar siempre dispuesta a dejar de estar con Jesús cuando me necesiten mis hermanas».
 
Siempre cumplió, estos propósitos que sin duda le llevaron a la perfección. Por ello era común entre las monjas esta afirmación:
 
—«Donde hay una necesidad allí está Sor Filomena con el lenitivo de su caridad».
 
Esto no le impedía el entregarse de lleno a su oración más profunda y a sus vuelos místicos más altos pues pocas almas habrán gozado de tantas gracias de orden superior como gozó nuestra pequeña biografiada. Con frecuencia se le aparecía el Señor, sobre todo, el Sagrado Corazón de Jesús y le demostraba lo contento que estaba de su entrega generosa al cumplimiento de sus obligaciones como alma a El consagrada.
 
Entre los maravillosos y profundos escritos que nos ha dejado recordamos ahora estas frases que valen un imperio:
 
—«Vos sois, Dios mío, para mí todas las cosas».
 
—«i0h felicidad mía eterna, cuando será que mi corazón sea una llama de amor!».
 
—«Procuraré amar a Dios con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi mente y con toda mis fuerzas».
 
—«Oh si pudiese tener las cualidades de la misteriosa zarza, me pondría a tu real presencia para arder día y noche y quisiera permanecer en ella hasta la consumación de los siglos!».
 
Era eso: un alma profundamente mística pero pisando tierra, dispuesta siempre a ayudar a sus hermanas.
Si los santos han llegado a serlo no hay duda de que lo consiguieron por estas disposiciones:
 
Como Samuel: «Habla, Señor, que tu siervo escucha».
 
Como Pablo: «¿Qué quieres, Señor, que haga?».
 
Y sobre todo como la Virgen María:
 
«Hágase en mí según tu palabra».
 
Estas frases las conocía bien Sor Filomena y trató siempre de vivirlas a plenitud. Esta actitud de receptividad, de disponibilidad, era la suya. No era necesario que se le pidiera un favor, se adelantaba ella a las necesidades de las demás, las intuía, y sin haber sido llamada ya estaba ella allí presente para ayudar. Así lo decía la Hermana cocinera a la que le sacaba de tantos y tantos apuros, y la encargada de lavar la ropa, y la de la huerta.
 
Sor Filomena no sólo ayudaba, es que también hacía milagros que ella trataba de disimular y les restaba importancia. ¡Cuántas veces sacó de muy difíciles apuros a la Madre superiora y a toda la comunidad! El Señor obraba por su medio. Con las enfermas era sumamente atenta y delicada. Pasaba a su lado cuantos ratos le permitían sus obligaciones. Las atendía con mimos de madre. Y no sólo hacía de enfermera sino también de médico y medicina ya que sin saber cómo les curaba milagrosamente de sus enfermedades.
 
En su breviario llevaba una hojita que había escrito con su misma sangre cuando era novicia, que era el resumen de tanto heroísmo. Decía:
 
«Dios, alma, eternidad. Cueste lo que costare me quiero santificar. Mi Amado todo para mí y yo toda para mi Amado».
No todos los santos han gozado de gracias extraordinarias o místicas. Nuestra Sor Filomena, sí. El Señor la condujo por vías extraordinarias desde cuando a los doce años, poco después de hecha la Primera Comunión, vivió un éxtasis que le duró dieciocho horas.
 
Cierto día, mientras estaba sumergida en la oración, tuvo una visión en la que le pareció contemplar la Iglesia de San Pedro del Vaticano y arriba tres estrellas formando una especie de triángulo que representaban estos misterios: El Corazón de Jesús de quien siempre fue muy devota y como haciéndole guardia la Virgen María y el Arcángel San Miguel. La misma Sor Filomena explicaría después con riqueza de detalles tan prodigiosa visión: Era el Sagrado Corazón que estaba lleno de gracias y favores para regalarlos a sus hijos los hombres e iba buscando algún corazón para poderle regalar cuanto encerraba en el suyo. Pero por más que buscaba no encontraba ninguno donde poder reposar a su gusto. Al contrario, en todos hallaba espinas y malezas que le impedían quedarse a gusto en aquel lugar.
 
Mientras contemplaba la escena de dolor y búsqueda se aparecieron dos estrellas que se colocaron a ambos lados como queriendo significar que venían a consolarle y a reparar los pecados que recibía de aquellas almas. Dentro de estas estrellas estaban, en una, la derecha, la Virgen Inmaculada y la de la izquierda San Miguel Arcángel. Nuestra vidente le pareció comprender que allí estaba el Corazón Sagrado de Jesús dispuesto a derramar sus gracias sobre todos los hombres, pero quería hacerlo por medio de María, su Madre. El encargado de llevar estas gracias hasta los hombres era el Arcángel San Miguel. Entonces oyó una voz del Corazón de Jesús que decía:
 
—«Yo reservo copiosos tesoros de mi Corazón para los últimos tiempos para reanimar la fe medio muerta de los cristianos de estos tiempos».

En la segunda mitad del siglo XVII el Sagrado Corazón de Jesús encontró un alma para extender su Mensaje: Santa Margarita María de Alacoque. En el siglo XIX eligió a Sor Filomena. Su meditación más asidua y en la que encontraba sus mayores regocijos era la Pasión y Muerte de Nuestro Señor. La Agonía, la Crucifixión y Muerte de Jesús las tenía siempre en su mente y en su corazón. A veces, durante la hora de recreación decía a sus hermanas:
 
—«Hermanas, hablemos del Sagrado Corazón de Jesús; amémosle muchísimo. Lo desea y espera el Sagrado Corazón para comunicarse a todas».
 
A su director espiritual le comunica las extraordinarias gracias que recibe del Sagrado Corazón de Jesús y la misión que este le ha encomendado de divulgar su devoción. A veces le decía:
 
—«Quiero siempre obedecer las leyes que me da este Sagrado Corazón para hacerle compañía en la amarga soledad que padece, haciendo de mi corazón un entero sacrificio e inmolación». Y añadía:
 
—«En cuanto es a mí quiero vivir y morir abrasándome entre las llamas de fuego y ardores de este amantísimo Corazón».
 
Sor Filomena en sus escritos, que parecen escritos con sangre que brota del Corazón de Cristo, multiplica los calificativos en honor del Corazón de Jesús. Le llama: «dulcísimo», «amantísimo», «santo», «sacratísimo», «misericordioso», «purísimo»...
 
Pasaba largas horas de vela ante el Santísimo para demostrarle al Sagrado Corazón de Jesús lo mucho que le amaba. En aquellos momentos se derretía en coloquios amorosos con El. «Cuándo será mi corazón una llama de amor que arda solo por El?», se decía.

El Señor elige a quien quiere y cuando quiere y para lo que El quiere. Lo único que interesa es dejarse guiar por Jesús. Ponerse en sus manos. Ya hemos visto que Jesús, el Sagrado Corazón, se le manifestó en forma de Tres Estrellas. Otras veces tenía otras visiones. Esta que voy a referir ahora fue encantadora y de una gran proyección futura. Al poco de profesar tuvo esta visión tal como ella misma la refería a su Director Espiritual:
 
Me pareció que el Señor quería algo para Mora de Ebro, su pueblo natal. Se trataba de una fundación. Ella se sentía sumamente indigna de llevar adelante aquel proyecto: «¿No será esto un acto de vanagloria? ¿Quién es ella para tan gran empresa?».
 
Todo esto se lo preguntaba ella. Tuvo esta visión: Se vio que ella pilotaba una barquichuela que recorría el río Ebro. Vio una cestita con unos mendrugos de pan y junto a ella cuatro jovencitas muy pobremente vestidas. Quiso repartirles aquel pan. Cuando ya estaba Sor Filomena dispuesta a abandonar la barca apareció un hombre muy rico, lleno de dinero, que les decía: «No os marchéis. No abandonéis la barca. Aguardaos un poco». De momento no entendió nada. Pasado el tiempo Sor Filomena entendió que aquello quería indicarle que entraba en los planes de la Divina Providencia hacer una fundación de religiosas mínimas en Mora de Ebro y en dicha fundación un Templo Expiatorio donde fuera sin cesar desagraviado el Sagrado Corazón de Jesús. Sor Filomena muy a pesar suyo así lo comunicó a los superiores.
 
Se salvaron toda clase de obstáculos... y el 1883, se bendecía la primera piedra, se recibía un telegrama del Papa y predicaba en tan gran ceremonia el hoy Beato D. Manuel Domingo y Sol. En 1894 siete monjas mínimas de Valls partían para la fundación de Mora de Ebro. La Visión de la Barquerita de Jesús se había cumplido. Ella gozaría desde el cielo aquel día.

Este serafín no podía pasar más tiempo en la tierra. Ella anhelaba continuamente volar al cielo. Había escrito: «Me parece que las Tres Personas de la Santísima Trinidad andan en competencia por hermosear mi alma con dones y gracias sobrenaturales». Ya estaba del todo adornada y dispuesta a ser trasladada al jardín el cielo.
 
Sus últimos años fueron de acervos dolores físicos y morales. El Señor quiso que su esposa siguiera sus mismos pasos de Pasión y Muerte. Entre los dolores tampoco le faltaron grandes consuelos espirituales. Después de uno de estos regalos escribió:
 
—«Si esto se repite no creo poderlo resistir, no cabe la alegría dentro de mi corazón; Dios hiere mi alma con la llama de su amor». Ella notaba que su hora se acercaba a pesar de su juventud. Su obra ya había sido cumplida: Ser mensajera del Corazón de Jesús. Había escrito a su Director espiritual:
 
—«Mi alma, apoyada en la misericordia del Señor se alegra porque ve tan cerca el fin de su peregrinación, siendo esto lo que suspira noche y día, poder gozar del Dios de mi corazón, mi porción y mi herencia eterna. Qué feliz será para mi el instante en que mi alma será íntimamente unida a su Creador».
 
Bien podría decir el beato D. Manuel Domingo en el solemne acto de la bendición de la primera Piedra del Convento y Templo Expiatorio de Mora de Ebro:
 
«Esta obra que hoy se inicia se debe a Sor Filomena, gloria de la Orden Mínima, estrella refulgente de Cataluña, timbre de honor para la católica España».
 
Era el 13 de agosto de 1868 cuando partía hacia la eternidad llena de gozo. Tenía nada más que 27 años, pero el grano de trigo había caído en el surco y después de podrirse había dado ya su fruto copioso.

 

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