ANTONIO MARÍA PUCCI, ORACIÓN PARA PEDIR DINERO Y AYUDAS ECONÓMICAS DESESPERADAS


ORACIÓN
 
Oh glorioso San Antonio María,
siervo de la Santísima Virgen,
que acercasteis a su amor innumerables almas,
y que a imagen del divino Buen Pastor
os disteis todo a todos,
para ganarlos todos a Cristo.
 
Humilde santo que todo lo repartías
entre los más pobres y necesitados,
ante ti me presento como devoto tuyo
para solicitarte intercesión
y poder resolver mis problemas económicos,
que son de extrema gravedad
y no cuento con los medios necesarios
para poderlos solucionar por mi mismo.


 Tu que supiste vivir con estrecheces,
con necesidades y angustias
ayúdame hoy, te ruego,
que las circunstancias son tan adversas para mi.
 
Necesito solucionar mis deudas,
mis apuros económicos, mis necesidades,
y te pido que me favorezcas
de la manera que tu estimes más conveniente
para empezar a ver soluciones efectivas.
 
Yo se que tu encontrarás la manera,
que sabrás abrirme las puertas necesarias
y ponerme en contacto con las personas apropiadas
que me puedan dar solución a tan grave situación.
 
Obtenme también, por tu intercesión,
que solucionando mi circunstancia, sea inflamado
de tan ardiente caridad hacia Dios,
hacia la Santísima Virgen y hacia el prójimo,
que me de enteramente a la gloria de Dios
y a la salvación de las almas,
de manera que pueda gozar luego contigo
el premio eterno del Cielo.
 
Padre nuestro.
Ave María.
Gloria.

San Antonio María Pucci es un santo moderno, canonizado en 1962. Perteneció a la Orden religiosa de Siervos de la Bienaventurada Virgen María, fundada hace muchos siglos por siete santos en el Monte Senario, de Italia.
 
Se dice que un día de la Asunción del año 1233, siete santos varones decidieron retirarse del mundo, subiendo a las soledades del Monte Senario.

Por el camino, iban meditando en el ideal de su espíritu, que era santificarse a sí mismos, y en lo posible al mundo entero, reflexionando en la Pasión de Jesucristo y en los Dolores de su Santísima Madre. Y que entonces, la misma Virgen les inspiró vestir un hábito negro y honrarla como Madre Dolorosa.


Cierto día —continúa la tradición—, un niño que los veía pasar por la calle, exclamó, sin antes haber tenido noticia ni saber nada de ellos:
 
—¡Esos son los Siervos de María!
 
A partir de entonces, tal fue el nombre de su Congregación: Ordo Servorum Marine, que más tarde se llamó popularmente de "los Servitas".
 
Antonio María, cuyo nombre original fue el de Eustaquio, era hijo de dos honrados labradores, llamados Agustín Pucci y María Oliva, que tuvieron muchos hijos, de los cuales pocos sobrevivieron.
 
Eran habitantes del pueblecillo de Poggiole, donde Antonio empezó a educarse en la escuelita parroquial. Su padre, Agustín, aparte de labrador era sacristán, tarea en que su hijo le ayudaba eficazmente.
 
Un día, Eustaquio (Antonio María, como se llamaría más tarde) sintió el íntimo llamado de la vocación, inclinándose decididamente a ingresar en una Orden consagrada a María. Entonces se enteró de la existencia de los Servitas de la Dolorosa que había en Florencia y en el Monte Senario, y allá marchó, recomendado por el buen párroco que le había enseñado desde las primeras letras hasta el latín.
 
Los Servitas acogieron afectuosamente al novicio en seguida, y desde ese instante fue el más trabajador, el más constante, el más activo, el más fiel siervo de María Dolorosa.
 
Entre algunas anécdotas que hablan de su espíritu de sacrificio por el prójimo, he aquí una:
 
Un vecino acomodado dijo un día a su criado:

—"He oído a uno de los Padres del convento de Servitas, que el señor cura está sin colchón para dormir. Llévale éste de mi parte."
 
El criado cumplió el mandado, y el Padre Pucci se lo agradeció mucho.
 
A los pocos días, el vecino rico oyó nuevamente que el Padre Pucci no tenía colchón para dormir.
 
—"Pero si yo le mandé uno hace una semana", dijo el hombre.
 
—"Así es —respondió el informante—, pero el señor cura no toma para sí nada que otra persona necesite. Seguramente lo regaló a otro pobre que carecía de colchón."
 
La vida de Antonio María Pucci, llamado cariñosamente "el curita de Viareggio", carece del deslumbrador atractivo que posiblemente encumbran la fama de otros siervos de Dios, pero precisamente esa opacidad de su vida espiritual hace de él un ser excepcional desde el punto de vista del amor y de la caridad, valores morales superiores a cualquier otro.
 
"El curita de Viareggio" fue un hombre humildísimo y activo, bueno, de una bondad transparente y pura. Escogió la línea más recta y sencilla de la perfección espiritual, y recordando sus obras sonríen agradecidos los ángeles.
 
 
 

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