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LEYENDA DE NUESTRA SEÑORA DE LOS MILAGROS


Hace años en Francia, se celebraba en la iglesia catedral de Saintes una solemne octava de la Purificación de Nuestra Señora, en conmemoración de un asombroso hecho que se presenció el último día de la misma octava.

En la noche de este día, cuando todos dormían y la iglesia estaba en total silencio, de pronto, comenzaron a tocar las campanas de la torre por si solas, y con sus sonidos se formaban combinaciones musicales armoniosas.

Abrieron la iglesia para investigar sobre lo que en ella estaba sucediendo, los que entraron observaron que nadie tocaba las campanas, y que había un enorme resplandor que provocaba una brillante claridad en la iglesia. Ya en ella, quedaron muy asombrados al ver que allí había muchas personas a las que de nada conocían y que estos en sus manos llevaban velas encendidas que ofrecían a la imagen de Nuestra Señora de los Milagros, que se veneraba en una de sus capillas, a la vez que entonaban himnos en su honor y cánticos de alabanzas.


Cuando  las celestes voces guardaron silencio, desaparecieron aquellos desconocidos devotos de manera milagrosa, y para que nunca nadie dudara de que este suceso prodigioso había sido real, uno de los componentes de aquel angélico coro, dejó allí mismo una vela que todavía se venera en la catedral con fervor y entusiasmo.
 
Los fieles devotos de María, vieron en aquel hecho milagroso una indicación o aviso que la celestial Madre de Dios les hacía, para que entendieran el agrado y la satisfacción con que ella recibía las ofrendas y el culto que le dedicaban y decidieron hacer cuanto estuviera de su parte para que desde aquél instante la veneración a la Santa Señora fuera divulgada, para que siguiera aumentando, y así en los casos de apuro y en las situaciones difíciles pudieran recurrir a ella con la total confianza de obtener su ayuda.

Desde entonces y a partir de este suceso se celebró con mayor pompa y mas solemnidad que nunca la octava de la Purificación en la que la Virgen recibía en su altar la veneración, ofrendas y oraciones de sus amados hijos.

Ante Nuestra Señora  de los Milagros, sus devotos sienten inflamarse su corazón que se llena de consuelo, teniendo sincera fe en el ardiente y puro amor que profesa María a sus hijos, a todos los pobres pecadores y a los más necesitados, a quienes ella en su infinita bondad sabrá recompensar por la devoción con que la veneran, siendo en todas ocasiones su mejor intercesora para alcanzar del Señor innumerables gracias o infinitos beneficios.


 

LEYENDA DE NUESTRA SEÑORA DE LA ALMUDENA


Testigo del marcado cariño que en todos tiempos nos ha mostrado la Virgen Santísima, es el infinito número de santuarios, y magníficos templos levantados en su honor en aquellos sitios donde nos ha distinguido con sus favores, y nos ha dispensado tantas y tantas gracias.

Testimonio, por último, tenemos de la protección de la Madre del Salvador hacia los hijos de este privilegiado suelo, en la historia de nuestra amada península durante la dominación musulmana.

Unas veces apareciéndoseles a los defensores de la Cruz en el fragor del combate, otras veces confundiendo a sus enemigos; muchas de las victorias de los cristianos eran solo debidas al favor que la amorosa Virgen les dispensaba. Si la crítica de los enemigos de nuestra religión se ensaña contra nosotros llamándonos hasta idólatras por el culto que tributamos a diversas imágenes de la Señora, sin duda que es porque no ha cuidado de revolver esos viejos y empolvados pergaminos que guardan los archivos de nuestras catedrales, donde podría estudiar y conocer la causa de nuestra gran devoción a María bajo diferentes advocaciones.



Con la de la Almudena se veneró y sigue venerándose en Madrid a la Virgen Santísima por los motivos que expondremos en esta leyenda que ahora la dedicamos.

Las huestes que capitanearon Muza y Tank iban conquistando con gran rapidez la península, posesionándose los conquistadores de sus mas importantes poblaciones.

Había ya llegado Muza hasta Toledo, y después de apoderarse de esta importante ciudad, pensó en venir sobre Madrid que fue también por él conquistada. Pero antes de caer bajo el yugo de los mahometanos, los madrileños que querían salvar los objetos que les eran mas queridos, se acordaron al momento de su tan venerada imagen de la Virgen, traída a Madrid por San Calocero en el año 38 de la era de Jesucristo.

Era San Calocero uno de los discípulos mas amados del apóstol Santiago, quien le envió, cuando vino a España desde Jerusalén a predicar el Evangelio, a esta parte de Castilla para procurar hacer en ella nuevas conversiones a la fe.

Tal vez en su origen una pequeña ermita o humilde santuario fue con el tiempo la morada de la imagen que trajera a Madrid el amado discípulo del santo apóstol, uno de los principales templos de la villa.

Ya en la época de la invasión sarracena lo era de importancia, habiendo sido trasformado en mezquita por los árabes.

Grande fue la consternación y el espanto de los cristianos, al saber que los enemigos de la Cruz habían ya conquistado Toledo y que pronto estarían a las puertas de la villa.

Bien sabían que era inútil toda resistencia contra aquellos fieros musulmanes, que se hacían en tan poco tiempo señores de toda la península.

También sabían que no había que esperar de ellos misericordia, y que si querían salvarse tendrían que guarecerse en lo áspero y quebrado de aquellas montañas, refugio de los españoles en tan críticos momentos, en tan terrible invasión.

Conocedores, pues, de la suerte que el destino les depara, se preparan para hostilizar cuanto puedan a los árabes, pero prevenidos para la derrota, procuran esconder sus alhajas y riquezas para que no sean rico botín de los vencedores.

Sueltos sus cabellos, con lágrimas en los ojos, y dando grandes voces y gritos recorren las calles de Madrid las mujeres, mientras sus padres, sus maridos y sus hijos van al templo de Santa María para librar a su imagen, por ellos tan venerada, de toda profanación.

Siguiendo a los ministros del Señor un inmenso gentío, se dirige hacia el sagrado altar donde tiene la imagen su asiento, y después de fervientes plegarias y de pedir a la Señora que interceda con el Dios de los ejércitos para que les alcance la victoria sobre sus contrarios, tratan de ocultarla en un lugar en el que no puedan sospechar los enemigos de la fe que dejan tan preciosa joya.

El mas venerable de los sacerdotes, por su saber y sus años, impone con una señal silencio a las infinitas personas que llenan el templo: sube las gradas del altar, y dirigiendo su voz a los fieles con conmovido acento les dice:

—«Nuestras culpas y pecados tienen irritada la justicia del Omnipotente. Una monarquía acaba de hundirse, ¡quién sabe por cuanto tiempo! allí, a orillas del Guadalete, nuestro rey D. Rodrigo ha perecido en la batalla, y con él también sucumbieron los pocos nobles guerreros que han salido a combatir contra los fieros hijos del Corán!

¡Ah! ¡Y cuán desgraciada va a ser nuestra patria!

Ya veis como caen bajo su ominoso yugo todas las ciudades, villas y aldeas de España.

Inútil es la resistencia. ¡Dios lo quiere!



Pidamos al Señor perdón de nuestras muchas iniquidades, imploremos su infinita clemencia, y pelee todo aquel que aún tenga fuerza para manejar la espada hasta que derrame la última gota de su sangre por defender nuestra sacrosanta religión.

Que seremos vencidos no hay que dudarlo; hállase el cielo altamente ofendido, y pronto experimentaremos sus rigores.

Arrepiéntase el pecador de sus culpas; demandemos todos misericordia, porque terrible será la lucha con nuestros enemigos, y no hemos de encontrar compasión en sus duros corazones.


El que sobreviva después del combate, si ama la independencia del país donde ha nacido, que corra hacia las montañas donde se reúnen las huestes de los soldados de la Cruz, para hostigar cuanto puedan a los invasores, y trabajar sin cesar por la libertad de la patria. Muza está ya en Toledo, conquistada esta ciudad, pronto el infiel caudillo se hallará delante de nuestros muros. Antes de que esto suceda, antes de que Madrid caiga en sus manos, preciso es que pensemos en salvar los objetos que nos son mas queridos.

La Virgen Santísima, a quien tanto veneramos, que siempre ha sido nuestra abogada y protectora, que siempre ha oído clemente nuestras quejas, que siempre ha escuchado cuantas súplicas la hemos dirigido, no ha de caer en manos de nuestros enemigos, no hemos de permitir que su preciosa imagen sea profanada por los infieles.

Ocultémosla, mientras peleamos contra ellos, en el cubo de esa muralla contigua a este santo templo. Si vencemos, todos sabemos donde la hallaremos para darle gracias por la victoria, y si por desgracia somos vencidos, líbrese ahí del furor de los mahometanos...»

Se oyó con religioso silencio la breve plática del anciano sacerdote, y cuando hubo terminado todos aprobaron su proposición.

El mismo sacerdote tomó la sagrada imagen del altar donde se hallaba colocada, y después en procesión fue conducida al indicado cubo de la muralla, donde habiéndose hecho un nicho, se la colocó dentro de él, dejando dos luces para que la alumbrasen, y tapiando luego el nicho, se arregló el sitio de modo que quedara igual del resto del muro.

Mas de tres siglos y medio se halló Madrid bajo la tiranía de sus conquistadores.

Por fin llegaron mejores tiempos para los cristianos; la Cruz volvía a aparecer en las torres y castillos, desalojando de aquellos sitios a la Media luna que por espacio de tanto tiempo dominara en ellos con gran sentimiento de los guerreros defensores de la fe.

Era el año 1083.

Don Alfonso VI de Castilla había ya reconquistado Toledo, y se disponía a atacar a los musulmanes para tomarles también Madrid.

Auxiliado por el rey de Navarra, por algunos de los valientes caudillos de aquel monarca, por varios bravos capitanes de naciones extranjeras que habían prestado su apoyo en varias ocasiones al rey de Castilla, cercó la villa y logró al poco tiempo rendirla, posesionándose de ella las armas cristianas.

Grande fue el gozo de los castellanos cuando pudieron sustituir la Media luna con el estandarte glorioso de la Cruz, que ondeó triunfante en las torres y minaretes de los árabes.

El primer cuidado de D. Alfonso, así que entraron los cristianos en la villa, fue el de purificar el hermoso templo de la Virgen que habían profanado los infieles convirtiéndolo en mezquita.

Sabedor también de como se había procurado librar la imagen de la Virgen para que no cayera en manos de los árabes, mandó inmediatamente buscarla por todas partes, pues aunque se sabía que se hallaba oculta, ignoraba como todos donde había sido colocada.

Mientras se inician continuas pesquisas para indagar el paradero de la sagrada imagen, ordenó el piadoso rey que se pintara en la pared del altar mayor una imagen de la Virgen.

Vivísimos eran los deseos de D. Alfonso por saber el paradero de la preciosa imagen, y reuniendo a toda su corte, expuso su parecer de que convenía excitar al cielo con rogativas públicas y varios ayunos para que, escuchando los ruegos de los fieles, les concediese el tesoro que sabían tenían oculto en la villa, pero ignorando en que lugar.

Se hicieron, pues, estas rogativas por espacio de nueve días, y el 9 de Noviembre del año 1083, último de la novena, en una solemne procesión que se hizo después de la misa en el mismo santo templo de Santa María, se fue por todos los sitios de la villa donde se suponía podría encontrarse la imagen.

Esta se había conservado en el derruido templo de Santa María, y tenia debajo una inscripción que, aunque desgastadas algunas palabras, podía leerse bien lo siguiente:

«Esta sagrada imagen de Nuestra Señora de la Flor, (el pintor no sabemos si por orden del rey o por su gusto, pintó la Virgen llevando en la mano una flor de lis) estuvo pintada en la misma pared, y oculta detrás del retablo del altar mayor. Se descubrió con una gustosa novedad el año 1623, con ocasión de trasladar a él, a Nuestra Señora de la Almudena. Después, el año de 1638, se trasladó y colocó en este sitio, aseándose entero de la pared el espacio de ladrillo y yeso en que estaba pintada...
 
Su antigüedad es del tiempo de D. Alfonso VI, que conquistó la última vez Madrid: se pintó en ausencia de Nuestra Señora cuando estuvo encerrada en el muro, y el rey mandó consagrar esta iglesia y dedicarla a Nuestra Señora con esta santa imagen.»

Según cuentan las crónicas, en esta procesión iban además de D. Alfonso VI de Castilla, el rey D. Sancho de Aragón y de Navarra, con los infantes D. Fernando, cardenal, y D. Martín, varios prelados, y numerosos caballeros castellanos, aragoneses, navarros y extranjeros. Entre los nobles, iba también el famoso Cid Campeador D. Rodrigo de Vivar.

Un prodigio obrado por Dios, que quiso manifestar a los fieles que veía gustoso las súplicas que todos le dirigían para hallar la imagen de la Virgen, hizo que al fin fuese encontrada.

Llegaba ya la procesión al sitio que es hoy conocido con el nombre de Cuesta de la Vega, y al pasar por delante del trozo de muralla que por allí había, abrióse por si mismo el cubo de aquella, donde había sido colocada la imagen de la Virgen, que aun conservaba encendidas las dos velas que la dejaron para alumbrada. Asombrados todos con aquel portentoso milagro de los cielos, se postraron primero reverentes ante la sagrada imagen, y después con gran gozo en el día siguiente, se la trasladó a su primitiva mansión.

Aquí continuó venerada por todos los madrileños, que acudían a ella en todas ocasiones que necesitaban de su favor divino.

Con el titulo de la Virgen de la Almudena, por haber estado oculta su imagen en el cubo de la muralla cerca del almudi alhodi o alhóndiga de los moros, fue declarada Patrona de Madrid, y siempre ha manifestado serlo la Señora, protegiendo a este religioso pueblo y dispensándole infinitos beneficios.

Los milagros obrados por intercesión de la Virgen con los devotos que han ido a postrarse a sus pies, elevando hasta Ella sus súplicas, son muchos, como los que han obrado casi todas las imágenes que veneramos en nuestros templos católicos.

No queremos dejar de referir el que se obró en esta corte, cuando apurados los madrileños con el asedio que les pusiera Aben Jucet Miramolin, hubieran perecido de hambre o hubieran tenido que entregarse otra vez a la infiel morisma, de no haber venido en su favor la Señora.

Terriblemente preocupados los ánimos de todos los habitantes de la villa por la gran escasez de víveres que en ella se advertía, no sabían como hacer frente a los horrores del hambre que les amenazaba, cuando jugando unos niños en la iglesia de Nuestra Señora, hicieron un agujero en uno de sus pilares. Uno de los muchachos notó que había allí alguna cosa, y dio parte a los demás, que ahondando el agujero encontraron un filón de trigo.

Informando a sus padres de tan agradable noticia, fueron varias personas a la iglesia, y echando a tierra un trozo de pared, descubrieron un gran local lleno de trigo.

Y era tanto el que allí había almacenado, que no solo remedió las apremiantes necesidades de los sitiados, sino que estos, cobrando bríos con el milagro obrado por el Señor, sin duda por intercesión de la Virgen María, quisieron hacer ver a sus enemigos que no se morían de hambre, arrojándoles a puñados el trigo desde las murallas.

Los sitiadores, que esperaban hacerles capitular por hambre, al ver que se hallaban tan provistos de alimentos, levantaron sus tiendas, quitaron el cerco, y dejaron libre a la villa que se apresuró a dar gracias a su protectora la Virgen de la Almudena por el prodigio que a su favor había obrado.

En varias obras que se ocupan de esta venerada imagen, se lee el caso particular sucedido a la infanta doña Isabel Clara, hija del rey D. Felipe II el Prudente, que teniendo gran devoción a la Patrona de Madrid, y habiendo de partir con su esposo el archiduque Alberto a los Países Bajos, quiso se le sacara un retrato de la Virgen, no habiéndolo conseguido hacer fiel y exacto ningún pintor entre muchos que se presentaron.

Se llevó la infanta todos los cuadros a los estados de su esposo, pues no viéndose satisfecha con ninguno de los retratos, quiso conservarlos todos, colocándolos en las paredes de sus habitaciones en su palacio de Flandes.

Disgustada de oír a todos cuantos veían estos cuadros que ninguno retrataba bien la sagrada imagen, se atrevió a pedir a su padre el original, aunque bien sabia que se negaría a privar a los madrileños de su tan querida Virgen.

A la negativa de D. Felipe, su hija, con nuevas ansias de poseer un perfecto retrato de la tan venerada imagen, envió a Madrid a un famoso pintor flamenco para que la trajera una exacta copia.

Llegó a la corte el célebre artista, y habiendo dado orden el rey D. Felipe de que se llevara la imagen de la Virgen al pórtico de la iglesia, a fin de que con todas luces y con la mayor comodidad pudiera retratarla, se hizo así empezando el pintor su obra, que le salió perfecta, imitando con gran propiedad el ropaje; pero hubo de arrojar desanimado los pinceles, cuando queriendo copiar el divino rostro de la Señora, vio que no acertaba, por mas que hacia, a sacarlo semejante al de la imagen.


El día 4 de abril de 1883, el rey Alfonso XII ponía la primera piedra de la Catedral de la Almudena, cuya construcción había comenzado el año 1879 y finalizó en el 1993. Está construida en el emplazamiento de la antigua mezquita, frente al Palacio Real de Madrid, a pocos metros de donde estaba la pequeña iglesia de Santa María de la Almudena.

La Virgen de la Almudena, patrona de la ciudad, tiene su altar en el crucero de la nave derecha, frente a la entrada por la calle de Bailén. Es un altar elevado, al que se accede por dos escaleras laterales con barandilla de bronce. La escultura original, representando a la Virgen con el Niño en sus brazos, es una imagen de madera tallada y policromada, de estilo gótico; está colocada en la hornacina central de un valioso retablo, realizado por Juan de Borgoña a finales del siglo XV.
 
 

VIRGEN DE LOURDES, HISTORIA Y APARICIONES


Bernadette Soubirous, fue la criatura elegida por María para hacerla partícipe de sus designios, y el día once de Febrero de mil ochocientos cincuenta y ocho el de su primera aparición.

"Salía Bernadette en unión de su hermana menor María y de la niña Juana Abadié a recoger leña a orillas del rio Grave para hacer lumbre en su pobre cabaña. El frio se hacía sentir de una manera notable, razón por la cual, llevaba cubierta la cabeza y la espalda con el capuchón de lana blanca que usan las mujeres montañesas de los Pirineos.

Como padecía de asma, no se atrevía a pasar el rio, y al fin, impulsada por las dos criaturas que la acompañaban, se resigna ello, y quitándose uno de los zuecos de madera que calzaba, se disponía a vadearlo.


Lo que entonces aconteciera no hay palabras con que explicarlo. De súbito hiere sus oídos un ruido sordo, y recorriendo la vista en torno suyo nada ve, nada distingue.

Se reproduce más impetuoso el ruido, vuelve sorprendida la mirada hacia la gruta, fijándola en una excavación natural, en forma de nicho que existe en la parte superior de la dicha gruta se queda como atónita, fijos los ojos en el nicho, quiere lanzar un grito y no puede. Paralizados los miembros y las manos, cae de rodillas en tierra ante la Visión que se le ofrece a la vista.

¿Quién es esa Visión que tan extraordinario efecto causó en el ánimo de Bernadette el día once de Febrero de mil ochocientos cincuenta y ocho?

Es María, la Reina de los Angeles, la aurora de clemencia que dio al mundo al hombre Dios, anunciado por los profetas, que debía hacer variar la faz del universo. Sí, María, que radiante de hermosura, y bella cual los primeros destellos de la aurora, se presentaba en aquel árido sitio con un lindo rosario de grandes cuentas blancas en la mano en aptitud deprecativa.
 
En su rostro en que están palpitantes las dulcísimas inspiraciones de su alma, brilla en toda plenitud la ardiente caridad que la consume; y el vestido blanco de que está adornada, y el manto de igual color que porta sobre su veneranda cabeza, atestiguan su "Inmaculada Concepción."

En esta su primera aparición, así como en la segunda que acaeció el domingo catorce de dicho mes, nada habló a la afortunada Bernadette. Pero transformado el rostro de ésta, y poseída de profunda emoción, fijas sus miradas en el nicho y rezando el santísimo rosario, exclama... "Mirad . . . ahí está."

Su hermana María y la niña Juana que le acompañaban, nada veían a no ser el movimiento de las ramas del rosal que existe al pie de la gruta; y entregando ambas a Bernadette agua bendita roció esta la Visión pronunciando estas palabras:

"Si venís de parte de Dios, acercaos."
 
Seguidamente doblando las rodillas Bernadette, continuó el rosario, el cual una vez concluido, desapareció la Visión, dejándole una "celestial sonrisa."

Así las cosas, comenzó hablarse en la aldea y pueblos circunvecinos de esas apariciones. Interrogada Bernadette acerca de ellas, contestaba siempre con sencillez, al extremo de no contradecirse en sus respuestas.

Aparece la aurora del día diez y ocho del mismo mes de Febrero. Instigada Bernadette por los deseos de su corazón, vuelve a la gruta de nuevo, además de sus anteriores compañeras, de la joven Peiret y de la Sra. Millet. Llegar, arrodillarse y comenzar el Santo Rosario fue todo instantáneo.

Acto seguido se la vio inmutarse y lanzar con un grito de sorpresa...
 
"Ahí está."

Las dos nuevas acompañantes viendo fascinada a Bernadette, le encargan que pregunte a la visión si podían quedarse allí o debían retirarse. La inocente niña fija las miradas en el nicho y como quien tiene una contestación afirmativa, dice á sus compañeras...
 
"Podéis quedaros."

Reanimadas aquellas piadosas mujeres con el permiso que acababa de otorgárseles, invitaron a Bernadette a que le preguntara quien era y que venia a hacer en aquel sitio, y que si era alguna alma del purgatorio que pide sufragios, estaban dispuestas a complacerla, llegando al extremo de pretender, que escribiera en un papel que llevaban preparado, lo que deseaba, a cuyo efecto iban provistas de pluma y tinta.

Bernadette tomó el recado de escribir y acercándose al nicho, apoyándose en las puntas de los pies y extendiendo los brazos, presenta aquellos objetos a la Visión, diciéndola:

"Señora, si tenéis alguna cosa que comunicarme, tened la bondad de ponerme por escrito vuestro deseo."


Una deliciosa sonrisa se deslizó por los labios celestiales de María al ver semejante solicitud, hija de la sencillez de aquellas pobres criaturas, y dirigiéndose a Bernadette le dice:

"Lo que he de deciros no necesito escribirlo."

"Hacedme la gracia de venir aquí durante quince días."

"Os lo prometo, respondió Bernadette," a lo cual contestó la Visión:

"Y yo os prometo haceros feliz, no en este mundo, sino en el otro."

Las cuatro compañeras de Bernadette sobrecogidas de indefinible placer, con el diálogo que antecede, la instaron a que interrogara de nuevo, si ellas podrían volver.

Satisfecho por Bernadette su deseo y hecha la pregunta, respondió la Visión.

 
"Ellas pueden volver con vos, ellas y otros mas. Deseo ver gente aquí."
 
¿Qué significan esas terminantes palabras "deseo ver gente aquí?"

La respuesta es concluyente, clara, precisa, terminante.

La Reina de los Angeles y Madre del amor hermoso a quien tanto deben los mortales, impuesta como está de los designios de su Eterno Padre y condolida de los males con que ha de ser afligida la humanidad en castigo de sus iniquidades, quiere que ésta, volviéndose de su mal camino, incline la frente y postrada de hinojos, dirija por su medio fervientes oraciones al Cielo para detener el brazo de Dios que tal vez está próximo a hacer sentir los efectos de su divina justicia.

Vuelta Bernadette a su cabaña, refirió a sus padres cuanto le había hablado la Visión, así como la orden que le había dado de ir durante quince días a la gruta.

Esta nueva produjo extraordinaria sensación en la aldea, cuyos moradores, así como los de los pueblos inmediatos, comenzaron a hacer comentarios según sus creencias, llegando algunos a calificar de loca o visionaria a la tierna niña Bernadette.

El virtuoso Párroco, el insigne abate Peiramale se mostró en aptitud expectativa encargando a sus feligreses que esperaran nuevos hechos que vinieran a comprobar las aseveraciones de Bernardette, observando igual conducta el ilustre Obispo de Tarbes a cuya jurisdicción corresponde el pueblo de Lourdes.

El día veintiuno de Febrero se encontraban invadidas las cercanías de la gruta por infinitas personas que al ver llegar a Bernadette cubierta la cabeza con su capuchón de lana, le siguen el paso hasta llegar al nicho donde se arrodilló.

Al momento se iluminó su frente, y bañado el rostro con un pálido tinte y como paralizada en su circulación la sangre, con los ojos fijos e inmóviles, se trasplantó en éxtasis a la celestial altura.

El viento apagó el cirio que llevaba en sus manos e inclinándolo para que lo encendieran nuevamente, encargó a uno de los presentes que tocaba con su bastón la rama del rosal que nacía al pié del nicho, que se detuviese por temor de que tocando a la "Señora" le hiciese daño.

Dicho esto, volviendo la Visión la vista a todas partes como queriendo recorrer la tierra, dirigió una mirada melancólica a Bernadette.

¿Qué queréis?, qué es preciso hacer? murmuró la acongojada niña.

"Rogar por los pecadores, respondió la Madre de todos los hombres."

Bernadette perseveró consagrada a sus oraciones y al salir por la tarde de la pequeña Iglesia de Lourdes, fue molestada por un agente de policía que poniéndole la mano en la espalda, la dijo:

"En nombre de la ley."

¿Qué queréis? le contestó la niña.

Tengo orden de prenderos y conduciros.

¿A dónde?

A la Comisaría de policía, seguidme.

Este hecho ocasionó un grave descontento en el pueblo. Los que vieron poner la tosca mano del gendarme sobre la delicada espalda de Bernadette, se llenaron de indignación, al extremo de tener que intervenir un sacerdote que por medio de dulces palabras les aconsejó que respetaran y obedecieran a la autoridad.

 
Conducida la niña ante el Comisario de Policía comenzó éste a poner en juego cuanto le sugería su astucia para descubrir la trama de aquella superchería que a su juicio se estaba representando, y valiéndose de palabras dulces al principio, le hace un largo interrogatorio con el depravado ánimo de encontrar sus contradicciones, llegando su cinismo al extremo de atribuirle en el sumario que formara, cosas que la niña no había manifestado. Bernadette, firme en sus contestaciones y sin alterar en nada lo que había dicho, negó lo que maliciosamente se le atribuía por el Comisario y ratificándose en lo declarado concluyó con exponer:

"No he podido decir eso, porque no es la verdad."

Burlado en sus planes el funcionario de policía y contrariados sus deseos por la tierna niña, cambió de tono al extremo de amenazarla con prisión si continuaba visitando la gruta y exigiéndole palabra de no volver a ella.

Esta amenaza fue desechada por la niña que entreabriendo los labios le contestó.

"He prometido a la Visión volver allí, y cuando llega el momento, una fuerza secreta me impulsa o me arrastra hacia ella."

Hecho lo que precede, se dio idéntica orden a los padres de Bernadette para que le impidieran sus visitas a la gruta; y éstos cumpliendo el precepto que se les imponía, enviaron la niña a la escuela, y la previnieron que en manera alguna fuera a la mencionada gruta, haciéndole idéntica prohibición las hermanas de la caridad encargadas de educarla en la escuela.

Bernadette, que recordaba el precepto de la Visión por el cual debía concurrir durante quince días a la misteriosa gruta, se vio poseída de tristeza al ver los tropiezos que se le presentaban, y al salir de la escuela, se puso en manos de la providencia, y sin pensarlo parecía como que un ser misterioso la conducía a la gruta, y al llegar a ella, se arrodilla y empieza a orar. No obstante su fe y acendrado amor a la Visión, esta no tuvo a bien aparecérsele, motivo por el cual al volver a su cabaña, decía con marcada tristeza:

"Hoy no se ha aparecido la Señora, nada he visto."

Aparece la aurora del día veintitrés de Febrero y desde muy temprano inmenso concurso de hombres y mujeres poblaban las alturas de las montañas de Lourdes. Bernadette a quien había suspendido su padre la prohibición de visitar la gruta, se dirige a ella con paso lento, y no bien se arrodilló en el lugar acostumbrado, cuando se ofreció a su vista la Visión, que llamándola por su nombre, la dijo:

"Bernadette, tengo que deciros para vos sola, y relativa a vos sola, una cosa secreta." "¿Me prometéis no repetirla a nadie en este mundo?.''


"Os lo prometo," contestó Bernadette.

"Y ahora, hija mía, id y decid a los Sacerdotes que yo quiero que me levanten aquí una capilla... y que se hagan procesiones a la gruta."

Dicho esto, desapareció la Visión.

Bernadette pasó inmediatamente a comunicar al Cura Peiramule el precepto de la Santísima Virgen, y este virtuoso Sacerdote, si bien no dudaba del dicho de la niña, puesto que todo, así en el orden natural como en el sobrenatural, está sujeto a la suprema voluntad del Altísimo, le dijo que podría traerle una señal de la certeza de su petición, como por ejemplo, que el rosal silvestre situado al pie de la gruta, floreciera, no obstante la estación del invierno, como en pleno día de primavera.

Llegó el día veinticuatro de Febrero e innumerables personas, como un agitado mar, ocupaban los alrededores de la gruta.

Presente Bernadette, dobla las rodillas y tomando un rosario en las manos, comenzó a orar.

"Su mirada, según relato que hizo uno de esos espíritus fuertes que concurrió allí con el fin de "reírse de aquella comedia que se estaba representando" parecía recibir y reflejar una luz desconocida, quedando al fin fija, inmóvil, como "arrebatada ante la excavación de la roca. Al ver "la transfiguración" de esta niña, todas mis prevenciones interiores, todas mis objeciones filosóficas, todas mis negaciones preconcebidas cayeron por tierra, y fueron reemplazadas por un "sentimiento" extraordinario, que se apoderó de mí, a pesar mío. Tuve la certidumbre más completa, la intuición más irresistible de que un ser "misterioso" se encontraba allí. Mis ojos no lo veían, pero mi alma, así como la de innumerables espectadores en aquella hora solemne veían como yo con la luz íntima de la evidencia. Si, lo confieso: un ser divino allí estaba. Instantánea y completamente transfigurada Bernadette, no era Bernadette, sino un ángel del Cielo, abismado en inenarrables arrobamientos... En un momento dado, Bernadette fue avanzando de rodillas hasta el fondo de la gruta, y al pasar todos oímos muy clara y distintamente pronunciar estas palabras: ¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia! Algunos momentos después se levantó, y tomó el camino del pueblo, no presentando entonces otro aspecto que el de una pobre niña, casi cubierta de andrajos, que había asistido como otro cualquier testigo a aquel sorprendente "espectáculo."

Como hemos dicho, Bernadette se separó de la gruta dirigiéndose a la morada del Párroco, y le preguntó éste, si había visto a la Señora y que le había dicho.

Contestó la niña, que habiéndole manifestado que no daban crédito a sus palabras en lo concerniente al particular de la capilla que pedía que se le levantara,  que se le exigía una señal, la Visión le ordenó que subiera hasta el fondo de la gruta en cuyos momentos había exclamado ¡Penitencia! ¡Penitencia! ¡Penitencia!

Al siguiente día veinticinco de Febrero, después de que la aurora comenzó a remitir su hermosa claridad a la tierra, millares de fieles se encaminaron a la gruta ansiosos de ver a Bernadette. Al llegar ésta, se descubrieron en señal de respeto y como homenaje a sus virtudes.

Bernadette dobló ambas rodillas en tierra y a su ejemplo hicieron lo mismo cuantas personas estaban allí reunidas, y presentada la Visión a la afortunada niña, la dijo:

"Hija mía, quiero confiaros también para vos sola y relativamente a vos sola, un último secreto, que, como los otros dos, a nadie revelareis en este mundo."

Bernardeta instruida que fue de este tercer y último secreto, oyó de los labios de la Visión, estas palabras: "Y ahora, id a beber y a lavaros en la fuente, y comed la yerba que brota junto a ella."

La buena criatura, obediente a cuanto se le preceptuaba dirige la vista a todas partes en busca de la fuente y no viéndola creyó que fuera el rio Grave cuyas aguas corrían junto a la gruta.

Al momento resuena en sus oídos la voz de la Visión que le decía:

"No vayáis ahí, no he dicho quo bebáis en el Grave, id a la fuente, ahí está;" y con su santísima mano le señaló un rincón enteramente seco y enjuto al lado derecho de la gruta.

Designado el sitio se dirige hacía el Benadette, y haciendo uso de sus tiernos dedos empezó a mover la tierra. Abierta una pequeña cavidad, comenzó a brotar gota a gota, un agua cenagosa.

Tres distintas ocasiones trató Bernadette llevar aquel líquido a sus labios; tres veces también quiso tragarlo cumpliendo con el precepto que se le había impuesto, y no pudiendo verificarlo en todas ellas, hizo a la cuarta un supremo esfuerzo y bebió, en cuyos momentos empezó a correr lentamente cristalina agua al extremo de formarse después un abundante cauce productor de más de "cien mil litros de agua al día."

Esas aguas santificadas por la Reina del Cielo son llevadas a todas partes para bien de la humanidad que tomándolas como bebida o en fricciones ven sus prodigiosos efectos en las innumerables curas que están operando en el mundo.

Entusiasmada más y más Bernadette con las extraordinarias apariciones de la Visión, corre de nuevo al venerable Cura Poiramale a recomendarle la edificación de la capilla; y este buen eclesiástico que era, testigo de los portentosos hechos que se venían operando en la gruta, le ofreció consultar el caso al Sr. Obispo de la Diócesis.

Según esto sucedía y mientras que el clero estaba a la expectativa de los acontecimientos que tan honda impresión estaban causando en el ánimo de los fieles, la autoridad civil, auxiliada por la militar, dispuso que desde el día tres de Marzo fueran destacadas tropas en el camino y cercanías de la gruta para impedir el acceso a ella, y no obstante aquel movimiento hostil, más de veinte mil personas figuraban el día cuatro de Marzo de mil ochocientos cincuenta y ocho en las alturas de Lourdes.

Esa numerosa concurrencia aguarda impaciente el instante de la aparición, y luego que divisó a Bernadette, solo se oían estas palabras: "He ahí a la Santa."

Penetra la tierna niña en la gruta, se arrodilla e imitándola los todos los demás, toman idéntica posición.

Transfigurada Bernadette y poseída del éxtasis que ya hemos dicho, suplicó a la Visión para que le dijera su nombre.

La Visión guardó silencio, nada contestó a Bernadette y en medio de la ardiente ansiedad de los presentes, se reproducían cuadros sublimes y conmovedoras escenas en la misteriosa fuente, cuyas milagrosas aguas, devolviendo la vista a los ciegos, curaban toda clase de enfermedades por graves que fueran.

Le toca su turno al día veinticinco de Marzo último de los quince indicados por la Visión a Bernardette.

Al nacimiento de la aurora comienzan los fieles a dirigir sus pasos a la gruta. La concurrencia era más extensa que las anteriores.

Bernadette, obediente a lo preceptuado por la Visión, se presenta allí y queda sorprendida al verla "inundada de luz y esplendor con su larga y flotante túnica, su ceñidor color del cielo y dos rosas de encendido color de oro sobre sus pies."

"Decidme Señora quién sois," exclamó Bernadette; y no teniendo contestación, sino una dulce sonrisa, la interrogó por segunda, tercera y cuarta vez.

La Virgen al ver tanta fe y tanto amor por parte de Bernadette, "abre sus brazos y elevándolos al Cielo como para recoger los tesoros divinos" inclinándolos después a la tierra como para derramarlos sobre ella, uniendo sus celestiales manos sobre su palpitante pecho... elevó sus ojos a su divino esposo, se abismó en el seno de la Trinidad Augusta y exclamó:

"Yo soy la Inmaculada Concepción."

He ahí la Visión que tanto había venido sorprendiendo a Bernadette y causado tanta impresión a los moradores de la gruta y poblaciones comarcanas.

Doblemos ante ella las rodillas invoquemos su inmaculado nombre, y acatando su misericordia, erijámosle un monumento en el altar de nuestros pechos.

Haced que suban hacia su bello solio votos de amor y perfumado incienso, porque ella es nuestra esperanza.

Pidámosle que derrame en nosotros su misericordia y que nos ampare en todos los actos de la vida; y haciendo "penitencia" tomemos en cuenta que nuestra causa está en sus manos.

Nosotros, prosternados ante la celestial María la adoraremos en su "Inmaculada Concepción."
 
 
 
 
 

LEYENDA DE NUESTRA SEÑORA DEL ESPINO


Eran tiempos de la invasión musulmana que habían conquistado algunas de las ciudades más importantes de nuestra península.

Los seguidores de Mahoma se habían adueñado de parte de España, a la que imponían sus leyes y costumbres de las que no podría librarse hasta pasados ocho siglos.


Iglesias y templos donde se rendía culto al Hijo de Dios, al Redentor de los hombres, eran profanados por los invasores sectarios del Corán, y donde antes se veneraba a la Virgen María, ahora se suplicaba el favor del falso Profeta.

Los cristianos, vencidos, habían tratado de evitar que las imágenes de la santísima Reina de los cielos cayeran en poder de los infieles.

Las iglesias serían convertidas por los musulmanes en mezquitas, y desaparecerán de ellas las imágenes de la Virgen y los santos, por lo que se ocultaban estas en oscuras cuevas en las montañas o eran escondidas en la espesura del bosque, donde yacerán por muchos años, hasta que llegasen tiempos mejores para los cristianos, en esta maravillosa España.

Grandes milagros y prodigios, obrados por el Omnipotente, señalarán a los fieles devotos de la Virgen María, los lugares y sitios donde han permanecido mientras la dominación de los agarenos.

Celebraba la iglesia católica la fiesta que anualmente dedica a la Virgen en el mes de Marzo.

Dos jóvenes pastores de Santa Gadea del Cid, en Miranda de Ebro, cuyos nombres nos trasmite la tradición con la historia que tratamos, diciendo que se llamaban Pedro García de Arde y Juan Encinas, caminaban juntos por el lugar donde se alzara en tiempos de la invasión mahometana el pueblo llamado Afontallana de la Yerma, despoblado y arruinado por el furor de los moros que pasaron a cuchillo a todos sus habitantes.

La maleza e infinitos arbustos habían cubierto y hecho desaparecer ya las ruinas del pueblo que tan triste suerte sufriera, y los pastores pasaban alguna vez conduciendo por aquel sitio sus ganados.

Fatigados los dos jóvenes de la caminata que hicieran aquel día, pensaron en descansar un momento tendiéndose sobre la maleza, pero al detener sus rebaños, distinguieron un hermoso roble en el que había una colmena, de cuya miel quisieron al momento disfrutar, abalanzándose los dos sobre el árbol.

Pero al hallarse junto al roble, notaron con sorpresa que entre este y un espino se encontraba una santa imagen de la Virgen.


Pronto corrió uno de los dos jóvenes pastores a noticiar en los pueblos vecinos el precioso hallazgo que había hecho con su compañero, mientras éste se quedaba guardando a la sagrada imagen.

Nadie dudó que aquella aparición de la Virgen habla sido milagro de los cielos que querían tuviera la Reina de los ángeles en aquel mismo lugar algún templo donde fueran los cristianos a adorarla y bendecirla.

Se pusieron a trabajar inmediatamente las gentes que vinieran con el joven pastor a admirar la sagrada imagen, y ahondando el terreno, y haciendo desaparecer la maleza que en aquellos lugares había, descubrieron las ruinas de la antigua iglesia de Montariana, fabricando allí mismo sobre sus derruidos paredones y los de su viejo cementerio, un pequeño santuario donde fue colocada la imagen de la Virgen encontrada entre el roble y el espino, por lo que desde luego fue denominado como Nuestra Señora del Espino.

Esto es lo que la tradición cuenta de la fundación y origen del tan celebrado monasterio donde la Virgen del Espino recibía solemnes y continuos cultos de una cofradía, de las que mayor número de hermanos ha tenido en la católica España.

En esta famosa cofradía entraban los cabildos de Toledo, Cádiz, Zaragoza, Calahorra, La Calzada y otros.

Hasta hace años subsistía aun el monasterio que se edificara para dar culto a la soberana Señora de los cielos, bajo la advocación de Nuestra Señora del Espino, donde tuviera primitivamente su humilde santuario.

Los monjes de este monasterio pertenecían a la orden de San Benito.

Los primeros que habitaron el tan renombrado monasterio fueron Juan Martínez de Fortechas, Ruiz Martínez, Manila Martillee y Juan Peros de Riocuriz, recibiendo los cuatro el hábito del abad del monasterio que de la misma orden existió entonces en Obarenes, en las sierras de Pancorbo.

Las gracias y privilegios que tuvo este monasterio son muchísimos, por lo que tememos entretenemos demasiado en su enumeración

Aun se podía ver, hace muy pocos años, y no sabemos también si en la actualidad, los sepulcros de varios ilustres señores, que después de varias donaciones y especiales favores hechos al monasterio de Nuestra Señora del Espino tenían en gran honor el poder disponer que descansaran sus cuerpos en la iglesia.

Profanado el monasterio en la guerra de la independencia por los franceses, sirvió a estos de cuartel lo mismo que a los ejército españoles en esta guerra.
 
Los generales Espartero, San Miguel, Castañeda y otros convirtieron posteriormente, durante la guerra civil, el monasterio del Espino en almacene y depósitos de víveres y efectos militares.

La devoción que se ha tenido a la sagrada imagen del Espino todavía se conserva entre las gentes de los lugares vecinos al monasterio.

Si no van como antes en procesión los vecinos de quince pueblos a postrarse ante el altar de la Virgen, aun en todos los labios de los habitantes de aquellos lugares, se oye pronunciar frecuentemente el nombre de Nuestra Señora del Espino, la que siempre será por ellos muy venerada y en todo tiempo acudirán como a su abogada y protectora.
 
 
 


LEYENDA DE NUESTRA SEÑORA DE LAS LUCES


A corta distancia de la capital del vecino reino Lusitano, encuentra el viajero una preciosa iglesia erigida en honor de la Santísima Virgen María, cuyo origen encontramos en la siguiente leyenda.
 
La adoración y culto de la Madre del Divino Salvador, se iba extendiendo de una manera prodigiosa por todo el mundo católico.
 
Ya por medio de una revelación en sueños a varones justos y piadosos, ya haciendo se descubrieran algunas de las imágenes que ocultaron los cristianos cuando las terribles persecuciones que contra ellos se hicieran por los emperadores de Roma, y cuando las invasiones de los bárbaros, cada día se encontraba ocasión para edificar un nuevo santuario, aunque fuera una humilde ermita donde la Reina de los Ángeles, la Soberana de los cielos, recibiera en la tierra las adoraciones de los discípulos de la doctrina que viniera a predicar al mundo su divino Hijo.


La iglesia de Nuestra Señora de las Luces, en Portugal, debe también su fundación a un caso extraño y maravilloso, del que se valió el Señor para que su amantísima Madre fuera adorada y glorificada como se merecía en aquellas tierras.
 
Todas las noches, a hora ya avanzada, aparecía en el firmamento una antorcha cuyos resplandores iluminaban con una brillante claridad el lugar sombrío y solitario por donde acostumbraba a dejarse ver.
 
Aunque el vulgo ignorante comentó a su gusto el particular fenómeno que observaba, nadie en realidad sabia a qué atribuirlo.
 
Por fin, un día un prisionero pudo explicar a las gentes la causa de aquel prodigio.
 
La Santísima Virgen María, a la que el prisionero profesaba gran devoción, se había aparecido a éste en su calabozo, y prometiéndole su tan ansiada libertad, le encargó que en pago del gran beneficio que recibía edificase luego un templo en aquel paraje retirado donde hubiera visto brillar la antorcha.
 
Adoró reverente el prisionero a la Madre de los pecadores, y ofreció cumplir inmediatamente que se viera libre su sagrado encargo.
 
Y así lo hizo; pues, que dejándole de sujetar las fuertes cadenas con que le tenían encarcelado, agradecido al favor que la Señora le dispensaba, se apresuró a realizar sus deseos.

Se empezó a edificar el templo a los pocos días con las cuantiosas limosnas que el prisionero recogía, y en consideración a la antorcha que todas las noches señalaba con su luz resplandeciente el sitio donde debía construirse la iglesia, la venerada imagen de la Virgen que se colocó en su principal altar, recibe desde aquel tiempo fervoroso culto de los portugueses bajo la advocación de Nuestra Señora de las Luces. 
 

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